TANGO Reporter - Nota de Tapa - Enero - Febrero 2017
Tapa 167

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Tapa 215TANGO Reporter
El bandoneón de Arolas, otro misterio en la historia del tango
Por Carlos G. Groppa

Desde el ventanal sur del Coffee Bean de Sunset Blvd. se veía perfectamente el edifico del Directors Guild of America, donde tenía una cita. Miré la hora. Faltaban diez minutos. Terminé de leer el periódico, revisé el email, sorbí la última gota del café, me levanté, crucé Sunset, y entré. Mascullando lo que le iba a decir al tío del 4to piso, oficina 418, apreté el botón del ascensor.
-¿Qué haces aquí tan temprano? -Era Laura, la secretaria del tío del 4to piso a quien se la iba a cantar.
-Vine a ver a tu jefe.
-Se fue a México. ¿No te lo dijo? Fue a negociar los derechos de autor de unos libretos.
-El muy cretino no me avisó. Dile a ver si un día de estos compra un libreto como la gente. Toma -al decirle le entregué un sobre marrón-. Por favor, dáselo cuando vuelva. Lo que no entiendo es como no le da vergüenza darme a traducir semejante bodrio de libreto.
-¿Sabes qué? Deja de lado tu prurito de crítico literario, traduce lo que te da, agarra tus honorarios, que son bien abultados por cierto, y vete a disfrutar de la vida. Shakespeare ya se ocupó de la literatura.
Laura tenía razón. No valía la pena amargarme. Su jefe era un truhán que compraba en México por unos pocos pesos libretos rechazados, generalmente escritos para televisión, y me los daba para traducir y adaptarlos a otra mentalidad. Y si bien me dejaban muy buen dinero -en su descargo debo de decir que a veces era mucho más que lo que otros me pagaban por un original-, todo tiene su límite. De tanto traducir bazofia se termina por percudir el gusto.
-Ya que estás aquí, tienes que ver la exhibición de instrumentos musicales exóticos que hay en el salón de actos. Todos pertenecen a directores que los han comprando cuando salían a filmar fuera del país.
-Que interesante... -dije por decir algo.
-Ven conmigo. Te va a gustar. Mi jefe se puso con uno.
Mientras caminábamos hacia el salón de actos puse a Laura al tanto de mi problema con un escrito, la lluvia de ayer y otros temas intrascendentes. Al entrar me esperaba una sorpresa. Entre los más "exóticos" instrumentos musicales, había un bandoneón. Al acercarme, se podía leer una tarjeta que decía: "Bandoneón usado por Eduardo Arolas (1892-1924) (por supuesto que escrito en inglés), mientras vivió en Paris". De acuerdo a fotos tomadas durante sus presentaciones en el cabaret Parisién, se pudo verificar que es su auténtico instrumento". Más abajo seguían unas breves notas biográficas.
-¡Esto es un trufle! -exploté al leerlo-. ¿Quién se lo va a creer? El auténtico está en el Museo de la Sociedad de Autores y Compositores (SACAIC), en Buenos Aires. ¿Cómo llegó a las manos de tu jefe?
-Si te lo cuenta él, es una larga historia, y a lo mejor no se la vas a creer -me advirtió sabiamente antes de empezar a largarme un rollo-. Pero te la voy a abreviar. Según me contó, su abuelo, que era un gitano francés, en su juventud tocaba el acordeón en cabarets de mala muerte en los alrededores de Paris. En ellos solía alternar con los guitarristas Meneghi Guérino y Django Reinhardt y especialmente con Arolas. Se hicieron muy amigos. Una noche, al salir del trabajo vio como unos desconocidos lo golpeaban malamente... Amores contrariados, según él... Tú sabes como son esas cosas... Con otro músico, el abuelo corrió a socorrerlo... Tenía una herida de cuchillo, y juntos lo llevaron mal herido a un hospital. Allí Arolas falleció. La amistad, que los unía hizo que el abuelo se encargase de liquidar su vivienda. Me imagino que, entre otras cosas de valor... Arola usaba anillos muy caros..., aprovechó para quedarse con su bandoneón. Al tiempo, cuando comenzaron a soplar aires de una nueva guerra el abuelo, junto con su único hijo, así dijo, se vino con él para acá... Deben de haber huido, uno para no alistarse, el otro porque creo no era trigo limpio.
-Tampoco es muy trigo limpio tu jefe...
-No mezcles y escucha. Pensando en volver una vez pasada la contienda, el abuelo, antes de partir, le encomendó a su hermano sus pertenencias para que se las guardara, entre ellas, y muy especialmente, el bandoneón. Radicado en Los Angeles..., parece que tenía amigos aquí, el abuelo falleció imprevistamente.
-Seguro que por una puñalada apache.
-No inventes, y déjame seguir. Ya solo, el hijo se casó y nació mi jefe.
-Y el bandoneón ¿qué? -la corté impaciente.
-Calma. Declarada la guerra, el bandoneón cambió de manos. El hermano del abuelo, apretado de dinero, se lo dejó como garantía a un amigo que tenía un puesto en un mercado de pulgas al borde del Sena, y le hizo jurar por su madre, cosa de gitanos, que no se desprendería del instrumento por nada del mundo. Un familiar tarde o temprano vendría a rescatarlo y le pagaría largamente por el favor. El amigo cumplió su promesa. Terminada la guerra, el hermano del abuelo, antes de fallecer se comunicó con mi jefe y le contó la historia del bandoneón. Cuando éste investigó sobre Arolas y se dio cuenta de la reputación que había tomado su obra, pensó que su bandoneón podría valer una fortuna. Por lo que viajó a Paris, visitó al amigo del hermano del abuelo, comprobó la autenticidad del bandoneón por unas fotos que tenía del abuelo con Arolas, y lo rescató. Por supuesto que el usurero se lo hizo pagar a muy buen precio. Y así fue, lo creas o no, como el bandoneón de Arolas pasó a manos de mi jefe.
-Esto en versión de tu jefe, debes aclarar. Y tú se la creíste.
-¿Por qué no? Él sabía quien era Arolas. Su padre le había hablado de él. O sea que realmente bien puede ser éste su bandoneón.
La historia, aún luciendo hilvanada, me pareció traída de los pelos. Involucraba muchas manos, abuelo, hermano, amigo, hijo...
-¿Tú qué sabes de Arolas? ¿Eso es lo único que te contó tú jefe?
-Sé lo que está escrito ahí, y un poco más -me respondió señalado la tarjeta que había junto al instrumento-. ¿Por qué dudas que no era de Arolas el que rescató mi jefe en Paris? Oye, no sólo el amigo del hermano del abuelo le aseguró que era el que él le había dejado, sino que estaban las fotos que mi jefe tenía de su abuelo con Arolas. ¿Qué más quieres?
-La verdad. El tío ese le debe de haber visto a tu jefe la cara de turista gringo. ¿Cuándo fue esto?
-Hace tiempo, diez, quince años atrás...
-Mira, esa tarjeta dice que Arolas murió en 1924, y recién ahora aparece en una exhibición pública su bandoneón. Y nada menos que en Hollywood y propiedad de tu jefe, que me imagino dijo ser su dueño con la misma soltura con que dijo ser director de cine después de haber filmado una fiesta de quinceañera... Así que el abuelo se lo dio a su hermano, éste a un amigo y tu jefe, décadas después de terminada la guerra lo rescató. Dime, ¿cómo sabe tu jefe si el amigo del hermano de su abuelo durante ese lapso de tiempo no lo hizo pasar de mano en mano mientras nadie venía a reclamarlo, o si realmente lo arrumbó en su guarida del mercado de pulgas, a la espera de ese alguien? ¿No te parece muy de novela gótica su historia? Y el que está en la Argentina, ¿de quién es, entonces?
-Eso pregúntaselo al cónsul, no a mi?
-Al cónsul no, pero a SADAIC sí.
No tenía sentido seguir discutiendo. El misterio de ese bandoneón me había dejado picado. Era una linda historia, pero confusa y contradictoria. Por lo que quise descifrarla, sin imaginar que nunca lo lograría.
Cuando nos separamos, volví al Coffee Bean, pedí otro café y le envié un email a SADAIC para saber algo más sobre el origen de su bandoneón. Mien tras esperaba respuesta, me puse a revisar el internet en busca de información. Nada notable conseguí. Incluso la pronta respuesta a mi email ahondó mis dudas. El bandoneón estaba en SADAIC desde 1962 y nadie sabía quien lo donó o como llegó a poder de la institución.
Desilusionado por la respuesta, como yo no entendía mucho de bandoneones llamé a Wally Ronchietto a Santa Barbara. Él tiene uno, y por lo tanto, por poco que sepa, debe de saber más que yo.
-Mira, Carlitos -me dijo Wally paternalmente al terminar de relatarle la historia del bandoneón del jefe de Laura-. Lo único que sé es que es muy difícil tocarlo. Pero te doy un dato. Arolas era muy temperamental, dicen que cuando se posesionaba, rompía los bandoneones del brío que ponía al tocarlos. Cómo bien apuntó Delfino, ¿tú sabes quién es Enrique Delfino, no? -esta pregunta y tratarme de ignorante era más o menos lo mismo, pero guardé silencio y él siguió-. Arolas dejaba los pliegues del fueye como un paraguas al que un golpe de viento puso al revés. Esto te puede dar la pauta de que a lo mejor dejó más de un bandoneón tirado por Paris, quizás en manos de algún amigo o un usurero, ya que así como ganaba, gastaba. ¿Por qué no llamas a Alejandro Scarpino, el hijo del autor de Canaro en París? Él enseña a tocarlo y debe de saber mucho más. Te paso el teléfono. Anota, por favor. Vive acá cerca.
Mientras lo anotaba, me dio la impresión de que Wally se movía por el lugar como buscando algo, quizás se acercase a su nutrida biblioteca a sacar un libro.
-Mira, aquí tengo un libro sobre Arolas -efectivamente había ido a buscar un libro-. Es una biografía escrita por Massimo Di Marco. Parece que él estuvo investigando durante unos cinco años la vida de Arolas. Te lo voy a enviar mañana por FedEx. Te advierto que está en italiano, pero creo que igual te puede servir.
Cuando corté, llamé a Scarpino. Me atendió una grabadora. Le dejé un mensaje para que me devolviera la llamada, corté y llamé a Laura a su oficina.
-Ajeno a lo que te contó tu jefe, ¿tú que sabes de Arolas? -le pregunté de golpe ni bien atendió.
-Mucho o poco. Depende. El curator de la exhibición me pidió que le juntara algunos datos como para armar una breve biografía e incluirla en el catálogo de la exhibición. Lo que encontré fue muy poco y repetitivo. De cualquier manera, como el catálogo, por problemas que ignoro, no se imprimió, yo paré mi búsqueda. Todos los artículos hablaban más de la obra de Arolas que de su vida personal. Parecería que al moverse en ambientes tanto turbios como elegantes, sumado a sus turbulentos amores y su prematura muerte en Paris, adornaron su figura con un halo de leyenda. ¿Y tú sabes como se inventa en las leyendas? En principio encontré que se llamaba Lorenzo Arola, y luego se lo cambió a Eduardo, en homenaje a un tío, y a Arola le agregó la s final porque sonaba mejor. Te voy a enviar por email lo que tengo. No... -titubeó como dudando-. Mejor espérame a las cuatro en el Coffee Bean y te muestro lo que tengo archivado en la compu.
Esa tarde, frente a dos cafés, Laura abrió su laptop y me dejó leer lo que tenía archivado-. Esto es un resumen que le hice al curator de los textos que encontré.
"Eduardo Arolas fue un músico autodidacta nacido en un conventillo. Con sus tríos y cuartetos alternó en los mejores cabarets de Buenos Aires así como en los más miserables cafés de La Boca, pulperías suburbanas y prostíbulos de los alrededores.
"Saltando de un tugurio a otro, abriendo y cerrando el fueye, con el tiempo, entre contratos, propinas y mujeres, juntó lo necesario como para comprar un café en Barracas. Bautizado Una noche de Garufa, luego compuso el tango del mismo nombre.
"Incurable Don Juan y pendenciero, explotaba mujeres para redondear sus, a veces, magros ingresos. Según el historiador Oscar Mármol, Arolas ‘nunca supo elegir el objeto de sus amores, así como nunca tuvo energía para tolerar los desengaños sin un soporte alcohólico'".
"Se dice que carecía de instrucción musical, por lo que sus amigos y algunos aprovechadores de su talento fueron quienes transcribieron sus tangos para ser editados".
-¿Sabes quién escribió los textos que tú revisaste?
-Sí. Estaban archivados en varias páginas y mencionaban nombres que parecían importantes... Gobello, Salas, Andrés, Burgstaller... ¿Te suenan?
¡Y claro que me sonaban! José Gobello, era la mayor autoridad mundial en materia de tango; Horacio Salas, uno de los historiadores fundamentales del tango; Jorge H. Andrés, cronista del tango en el diario La Nación de Buenos Aires; y Carlos Hugo Burgstaller, uno de los principales colaboradores de la revista Tango Reporter.
-Si miras más abajo en la página, vas a ver unas fotos que encontré -afirmó Laura haciendo desfilar las fotos por la pantalla de su laptop.
La media docena de fotos que había, y que deben de ser las únicas que aún se conservan, ofrecían un retrato contradictorio de su persona. Así como en unas parecía ser un pobre tipo mal peinado, sin gracia ni elegancia, muchas veces posando bandoneón en mano, en otras el aire gitano de su porte y su serio semblante lo podían hacer pasar indistintamente por un cuchillero de arrabal o un elegante compadrito de bombín, bastón y polainas a la moda.
-¿Y sobre el bandoneón no encontraste nada? Acá no lo mencionas.
-No. Salvo la foto en que Arolas aparece tocándolo.
Juntando lo escrito por Laura y lo que yo había encontrado, supe que Arolas, además de ser un músico genial, era un pendenciero errante y bravucón cuya vida parecía culminar en 1921. A partir de aquí comienza su decadencia y con ella su leyenda. Los relatos se enturbian, se ponen más dudosos. Fue por ese tiempo que se enamoró seriamente. Pensó incluso en formar un hogar. Viajó a París -nunca se supo a qué- y al regresar sufrió un fuerte desencanto amoroso a consecuencia de un confuso drama pasional que nunca se aclaró y en el cual estuvo involucrado su único hermano. Delia, su compañera del alma, la que iba a ser su esposa, lo había abandonado por otro hombre. ¿Acaso su hermano? Puede ser. Su hermano era un malandra a quien Arolas había ayudado a salir de la cárcel.
Aniquilado por la desilusión, comenzó a abusar del alcohol. Destruido espiritualmente, al año siguiente volvió a embarcarse con su bandoneón y unas pocas pertenencias en el vapor Lutetia rumbo a Francia, sin presentir que nunca retornaría a su Buenos Aires.
Establecido en Paris, su existencia se complica. Muchos dicen que alternaba por las noches en los cabarets Parisién y Ermitage. El director de orquesta Manuel Pizarro, que ya había inaugurado El Garrón y trabado gran amistad con Arolas, lo ubica en el cafetín Cocardy, mientras que otras fuentes anónimas dicen que tocaba en Le Perroquet, así como también en un café de la Rue Des Abbesses.
Por seguro se sabe que, dado su éxito con las bailarinas de esos lugares, retomó su vieja y lucrativa actividad de proxeneta, cafishio, pimp, chulo, maquereau o como se le quiera llamar. Pero ahora en mayor escala y de lujo, de lo cual hacía alarde.
Así consigue que trabajen para él algunas bailarinas que solían ir a visitarlo cuando actuaba. A su vez se rumoreaba que se había relacionado más íntimamente con una del cabaret Le Perroquet conocida como Bernadette, y con la cual pensaba irse a vivir a Buenos Aires. Y si bien los nombres de los cabarets se mezclan, lo que sí queda claro es que todas esas bailarinas, en mayor o menor grado, tenían "dueños", lo que hacía muy peligroso meterse con ellas.
No obstante estar consiente de esto, siguió con su romance. Hasta que una brumosa noche, al salir de su trabajo, le pidió un clavel a la florista que estaba en la puerta, se lo puso en el ojal de la solapa y rumbeó a su pequeño departamento en Montmartre, ubicado en el 42 Boulevard de Clichy. Caminó unos pasos y al doblar la esquina, ¡bum! Unos hombres emboscados que lo estaban esperando -¿capitaneados por el "novio" de Bernadette?-, lo atacan golpeándolo violentamente. Caído sobre el desparejo empedrado, lo patean hasta dejarlo moribundo. Otros músicos que salían del lugar, alertados por la florista, lo socorren, y lo llevan a su domicilio. Luego de avisarle a Bernadette, desaparecieron de inmediato para no verse involucrados.
Al día siguiente, ella le comunica a Pizarro el atentado, quien lo pasa a recoger para llevarlo al Hospital Bichat, donde lo hace atender por J.B. Devoto, un médico amigo que frecuentaba El Garrón para bailar tango. El diagnóstico no muy alentador. La salud de Arolas se deteriora velozmente. Unos días después, a los 32 años, moría en Montmartre, un barrio bohemio de París, quien fue bautizado como "El Tigre del Bandoneón".
-Como ves, biografía o no, este final coincide con lo que el abuelo y su hermano le contaron a mi jefe -remató Laura, ante mi descreimiento.
-Puede ser -ni afirmé ni negué, pues así y todo seguía dudando. Ahora al misterio del bandoneón se le sumaba el de su muerte, ya que, así como en muchas películas existe un final alternativo, la muerte de Arolas también lo tuvo. Aunque uno fue tan infeliz como el otro, ya que por un lado el certificado de defunción extendido por el hospital y firmado por J.B. Devoto decía haber fallecido de "tuberculosis pulmonar", diagnóstico médico que bien podía encajar con el concepto del romanticismo operístico aún existía a principio del siglo XX. Mientras que por otro lado estaba el relato de que su vida se acabó de una certera puñalada dada por una banda de cafishios a quien Arolas les había robado una mujer -aunque quizás fueron varias. Un final más épico para un aguerrido y pendenciero malevo, al quien los maquereau marselleses no le quisieron perdonar la osadía de meterse con sus pupilas.
Nadie mejor que los sencillos versos que escribió Enrique Cadícamo para reafirmar esta versión: "En una cayeja sola / y amasijao por sorpresa / fue que cayó Eduardo Arolas / por robarse una francesa".
Cercado por los interrogantes, confiaba que Scarpino me podría aclarar por lo menos algunos, al fin de cuenta su padre era de la época de Arolas, tocaba el bandoneón y lo había conocido. Fuente perdida, ya que nunca me devolvió la llamada. Mi otra esperanza de encontrar la verdad, era el libro que me iba a enviar Wally. Efectivamente, tal cual me dijo, me llegó al día siguiente. Único libro biográfico existente sobre Arolas, no me aclaró ninguna duda, pero me aportó varias pistas, muchas de ellas para confirmar, sobre todo, la intervención de Pizarro en la vida parisina de Arolas. En cuanto al bandoneón, que era lo que más me preocupaba, ni lo nombra. Cosa extraña, ya que es un bandoneón que figura como auténtico en un museo de una institución gremial en Buenos Aires y en una exposición de instrumentos musicales en Hollywood.
Siguien do un dato tomado del libro sobre los bienes de Arolas, confusas fuentes informáticas sin testigos fiables, dicen que Pizarro obtuvo un permiso del Consulado General en Paris para revisar la vivienda de Arolas. ¿Acaso buscaba el bandoneón? Supuestamente, casi dos años más tarde el Consulado le remitió a unos familiares -no se sabe nombre- en Buenos Aires un relato de los bienes encontrados -no se especifican cuales eran-, más un cheque por el importe de lo que quedó después de ser pagado el hospital, los médicos, el entierro y demás. ¿A nombre de quién iba el cheque? No se sabe. ¿Y el bandoneón? Nada se dice de éste. De ser cierto este recuento de bienes, durante ese lapso de tiempo de casi dos años, ¿quién los custodió? ¿Pudo ser Pizarro? ¿Durante cuánto tiempo el dueño del edificio donde vivía Arolas los guardó, si ya nadie pagaba la renta?
De interrogantes parece estar sembrada la vida de Arolas y su bandoneón en Paris. ¿Acaso salió de trabajar sin el bandoneón? Su trabajo de un cabaret a otro hace pensar que tenía que andar con el instrumento a cuestas. Los amigos que lo recogieron mal herido, ¿también cargaron con el bandoneón? Cuando repatriaron los restos, ¿iba el bandoneón con ellos? Y una pregunta un tanto lúgubre, ¿el bandoneón fue sepultado junto con Arolas y luego atribuyeron como de su pertenencia uno cualquiera, o dos o tres más?
Por un trámite de Pizarro, que se encargó del funeral, y al cual Bernadette no asistió, Arolas fue sepultado en el cementerio parisino de Saint Ouen. Tres décadas después, en 1954, por gestión de Mariano Mores, sus restos fueron trasladados a Buenos Aires de acuerdo a un proyecto de SADAIC. Teniendo en cuenta que el cementerio fue casi totalmente destruido durante la Segunda Guerra a consecuencia de tres bombardeos que lanzaron más de 2000 bombas sobre el lugar, ¿realmente eran los restos de Arolas los que se repatriaron a la Argentina?
-Ahora resulta que no sólo tenemos dos bandoneones sino también dos muertes -le dije a Laura como esperando una respuesta definitiva a mis interrogantes.
-Oye, mi jefe a lo mejor te puede aclara esto. ¿Por qué no hablas con él cuando regrese?
-Porque me va a contar las mismas mentiras que te contó a ti.
-Entonces, acepta las dos versiones de la muerte de Arolas, ya sea por tuberculosis o por una puñaleada, y los dos bandoneones, el de mi jefe y el que está en la Argentina. Cualquiera de las versiones puede ser tan auténtica como falsa. Elige la que más se acomode a tu manera de pensar, y punto. ¿Qué importancia tienen? Arolas no está vivo para certificarlas. Al fin de cuentas, lo más importante de un artista es su obra, no su muerte o su instrumento. Valórala como se merece.
Laura tenía razón. Ahí estaban Derecho viejo, La viborita, La cachila, Papas calientes, El Marne, Comme il faut y muchas otras composiciones que quedaron para la historia del tango como muestra de su talento y vuelo creativo.
¿Cuántos bandoneones tenía Arolas?
¿Quién se quedó con el último? ¿Quién se lo llevó a la Argentina? Estas y otras muchas preguntas, seguirán sin ser contestadas, pero servirán para seguir alimentando la leyenda del "El Tigre del Bandoneón" en Paris, y de un instrumento del que se puede discutir su autenticidad*

Fuentes - Andrés, Jorge H. Las dos muertes de Edgardo Arolas. La Nación, Bs. Aires, 2004
- Burgstaller, Carlos H. Eduardo Arolas. Locos por el fueye, Bs. Aires, 2015.
- Di Marco, Massimo. Il tango nel cuore, Storia i Eduardo Arolas, El Tigre del Bandonen. NYN Opera Tango, Milán, Italia 2008.
- Etchegaray, Nancy. Tango y Política. Museo de la Casa Rosada, Bs. Aires. 1996.
- Gobello, José. Eduardo Arolas. Mujeres y hombres que hicieron el tango. Centro Editor, Bs. Aires 1997.
-Parise, Eduardo. El tigre del bandoneón. Clarín, Bs. Aires, 2012.
- Portada de partituras: TodoTango. - Rossi, Rodolfo J. Tango apócrifo y otros relatos. rodolfojorgerossi.blogspot.ca/2009.

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