Tapa 134






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Tapa 147TANGO Reporter --- Nro 148 - Setiembre 2008.
El Café de barrio en la vida porteña
Por Prof. Diago A. Del Pino

La presencia casi mítica de los lugares llamados cafés en la vida del habitante de Buenos Aires, ha ocupado a distinguidos cronistas e historiadores. A manera de introducción en el tema, veremos la gravitación de esos sugerentes lugares de reunión, que con el tiempo fueron evolucionando hacia los cafés, pero ofreciendo siempre, como una constante, su cobijo, en especial a los hombres solitarios.

* Las pulperías

Primero fueron pulperías, cuando más allá de los imprecisos límites de la ciudad, se extendía la llanura casi infinita. En esas soledades del ayer fueron oasis acogedores, anunciados por un árbol que podía ser a veces un ombú. Ofrecían las pulperías posibilidades valiosas para el vecino o el paseante: sombra, casi siempre escasa y tan necesaria durante las largas travesías, agua fresca, descanso para los caballos y en la umbría del interior del rancho el regalo de un vaso con ginebra, un porrón con cerveza inglesa o la fuerte caña paraguaya. Y allí era posible algo que siempre fue muy valioso para los criollos: conversar con otros hombres, muchos de ellos amigos y, gracias a los forasteros, saber qué sucedía en la ciudad y en otros pagos.

En la pulpería podía escucharse acaso al payador, jugar a los naipes españoles, a la taba o apostar unos nacionales a las patas de un caballo en una carrera cuadrera o a la enloquecida valentía de los gallos de riña. En esos comercios civilizadores, solía el paisano adquirir lo que necesitaba para su diario vivir y en especial los vicios, es decir el tabaco y la yerba mate y algo más para su mujer: alguna tela o un cacharro.

Fueron los primeros eslabones de una cadena de aglutinadores de la población, aislada casi siempre y una respuesta a los naturales hábitos gregarios. En general, el pulpero cobraba lo suyo, si no es que estaba en sociedad con algún patrón, para canjear las chapas de pago por productos diversos. Generalmente, el dueño de ese comercio campesino procuraba hacer dinero en poco tiempo para poder salir de esa cruda realidad que vivía, tan sacrificada como peligrosa y retomar a su patria.

Era frecuente que fuera un español o un italiano y que se protegiera a medias con fuertes rejas sobre el mostrador. Los libros de los viajeros y la literatura gauchesca han dejado memorias detalladas de las pulperías criollas, así como sucedió con los pintores que visitaron la Argentina o que ilustraron tales libros.

*Los "Almacenes de Ramos Generales"

Poco a poco, la llanura próxima a la ciudad de Buenos Aires fue limitándose con ayuda de los alambrados. El gaucho del ayer, entre realidad y leyenda, perdió su libertad de nómade y pasó a ser el paisano con una imprescindible papeleta de conchavo necesaria para no concluir como soldado en un fortín de la frontera en las tierras ocupadas por los indios.

Ya había más caminos y por ellos iban vehículos nuevos: diligencias pertenecientes a las mensajerías, galeras y carricoches que se sumaban al uso del caballo y por ende a la presencia de los jinetes, así como las arrias de mulas o las cansinas carretas de bueyes, muchas veces en largas tropas.

Y de pronto, fueron muchos los gringos: italianos, españoles, algún inglés, que transformaron las viejas pulperías en otros comercios muy característicos en las afueras.

A medida que la ciudad se extendía por el ejido y básicamente cuando los suburbios fueron Capital, más allá del año 1889, todo el panorama cambió.

En las proximidades de los núcleos poblacionales y especialmente en las esquinas de las manzanas recién delimitadas fueron brotando los Almacenes de Campo, donde casi todo podía comprarse además de charlar, jugar a las cartas o beber. Más adelante, porque la tierra sobraba, se armó una cancha para carreras cuadreras o un rectángulo para jugar a las bochas, traídas por los inmigrantes. También fue necesario edificar en los fondos algunas habitaciones para eventuales huéspedes. Y el suburbio se recibió de ciudad.

Ahí quedó el almacén, a veces con su Despacho de Bebidas y una especie de pensión familiar.

* El Café tradicional

Nos ubicaremos ahora en el café de cualquier barrio porteño, pero de hace medio siglo, años más, años menos. Por ejemplo, imaginemos que estamos en 1940, tiempo de la Segunda Guerra Mundial. En esa conjunción de dos calles, la una ancha y rumorosa en el paso de los tranvías Lacroze y la otra, estrecha casi un túnel verde de árboles coposos. La escena como propicia para una comedia ligera a lo Vacarezza es típica: casas de una planta, ramas de higuera asomando por la tapia descascarada y manchada por la humedad, un buzón en la esquina y las luces pobretonas que brotan de un local con letrero sencillo: "Cafe-Billares-Bar".

Como ya hemos cumplido dieciocho años, podemos entrar tranquilos. Ahora estamos sentados junto a una mesita cuadrada, con su tablero tatuado con navajas de bolsillo o pirograbadas con puchos de cigarrillos, marcado por los dados o pulida por el correr de las piezas de dominó.

En ese café -que ya no existe-, haremos tiempo para luego acudir a una esperada cita. Para nuestra adolescencia, estar en el café con los mayores es casi una ceremonia de iniciación y apreciamos cada momento de ese albor de nuestra hombría.

Hay mucho que observar y aprender. En un breve palco de lustrada madera y algunos bronces ya opacos se ve a una mujer joven: es la victrolera que coloca como siguiendo un rito, discos en el gramófono que parece una mesita de luz. La victrolera cruza las piernas y por unos instantes atrae las miradas de los parroquianos. Al lado nuestro los dados de hueso agrietado parecen picotear la mesa, más allá alguien arma un solitario esperando a los habituales compañeros de una partida de truco. Ajenos a la música dos jóvenes juegan al billar, pero la impericia es evidente y todos temen por la integridad del paño, que es muy caro. Y en un rincón alguien lee atentamente la Critica Sexta.

El café de barrio fue una institución que como el biógrafo o cinematógrafo, están en vías de desaparición. En algunos lugares ambos son ya curiosidades...

A veces estos comercios ostentaban letreros aclaratorios: "Salón para Familias". En efecto, era posible que un sector del primitivo café se limitara con maderas y cristales y se adornara con macetones y plantas cubriendo la sencillez de las mesas con manteles y el lujo de unas flores.

Esos cafés fueron refugio y hogar de los hombres que se sentían solos y declinaron poco a poco concluyendo como confiterías, en las que el cliente tenía pocas opciones ya que sólo se esperaba que tomara rápidamente lo pedido y se retirara, para dejar lugar a otro apurado.

* El Café hoy

Quedan ya menos cafés en la ciudad y, curiosamente, más en los barrios alejados del centro como un paliativo para el aislamiento. El billar de ayer es hoy "pool'; nadie puede pasar dos o tres horas en un café charlando, leyendo o jugando y si está más de media hora debe soportar miradas aguzadas del patrón o de algún mozo previamente adiestrado. Suenan raramente los dados y no se escucha la música tanguera de antaño. A nadie se le ocurriría acercarse al mostrador para pedir: "¡Por favor!, ¿me permite el teléfono?...". Esto, hace varias décadas, era común y así se tenía acceso al teléfono de pie, negro y pesado -desde ya sin costo- o, en ciertos casos de parroquianos habituales, lograr que los amigos o alguna novia llamara al cliente a ese lugar. "¡Teléfono para Zutano!" era el grito del dueño solícito. Sólo había que acatar un breve cartelito admonitorio: "Por favor, sea breve. Mientras usted habla, un cliente espera"... El celular terminó con esa costumbre.

En el mostrador -ahora de fórmica-, porque el viejo estaño ya es leyenda, el cisne de metal que oficiaba de canilla hace tiempo que ha bailado su último ballet y es preciada antigüedad, en algún puesto de San Telmo.

Acaso ya estén condenados a desaparecer del todo los cafés de nuestros años mozos y sólo quedarán de ellos las imágenes que surgen desde el arcón de los recuerdos, envueltos en humo de cigarrillos, en el vapor que brota de la máquina express, en el ruido del chocar de las bolas de billar, de las risas de los hombres tristes, de la apuesta quinielera a la sordina, del chiste grueso, de la alegría de una generala servida o la charla medulosa de los literatos en un cenáculo inicial. Y en el lugar aquel habrá primero un hueco y talvez todo concluya con una nueva Playa de Estacionamiento*

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