TANGO Reporter - Nota de Tapa - Enero / Febrero 2018

Tapa libro
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Tapa 221TANGO Reporter
El Tango y la Calesita, dos símbolos de Buenos Aires
Por Catalina Pantuso
El tango y la calesita son símbolos del barrio y parte de la identidad ciudadana. Las calesitas son un lugar de encuentro igual que los locales donde se arman las "milongas".
Si el café es el domicilio privilegiado del tango, la calesita es el espacio mítico de la niñez, en los dos se da un modo especial de vinculación social. Alejados del ritmo y el estilo los nuevos tiempos ambos tienen la magia de lo antiguo que, con el paso del tiempo, se fueron convirtiendo en dos iconos de nuestra cultura.
Las calesitas, ese mágico círculo de la aventura infantil que hace girar los recuerdos de los adultos, mereció la atención de dos figuras de nuestra música ciudadana, Cátulo Castillo y Mariano, quienes compusieron el tango La Calesita, que fue grabado con la voz de Carlos Acuña, en 1956. Los poetas también se inspiraron en ella y Héctor Gagliardi le dedicó sus versos: "Y vino lo que faltaba / a tomar ubicación / causando la sensación / de toda la muchachada / que contempla alborozada / a una hermosa calesita, / con su eterna musiquita / de canciones olvidadas./ Hay un alambre tejido/ frenando a la concurrencia, / de pibes que en su impaciencia / parecen monos prendidos, / cuando alguno ha conseguido / los "cinco" para una vuelta, / ya los muestra de la puerta / con un aire distinguido".
Se puede afirmar que el tango y la calesita constituyen también una experiencia social y educativa. Al bailar el tango se entrelazan los cuerpos en cadencia, ritmo y armonía. Las letras del tango cuentan los amores y esperanzas, las peripecias, y desencantos de cada generación y se convierten en un diálogo permanente con la historia argentina. Su filosofía trasmite valores y experiencias que se atesoran como una parte sustancial de la identidad porteña. Al decir de Gustavo Cirigliano "El tango como baile se ubica en el lugar del deseo; en tanto canción la letra lo eleva al nivel de la razón y la palabra; cuando sólo queda en música alcanza el nivel del valor, del compromiso y del testimonio".
En la calesita los chicos aprenden quedarse solos y a saludar a sus familiares en cada vuelta; de este modo se esconden y se buscan, se despiden y se encuentran. Después, cuando ya saben hablar, tienen la posibilidad de comprar su propio boleto. Son aventuras para comentar con los abuelos el conducir un auto, pilotear un avión antiguo o treparse a una nave espacial. Brinda la posibilidad de familiarizarse con los animales al montar el clásico caballo de madera, un león o un elefante. Los más grandes y seguros de sus fuerzas se sostienen de los parantes, estiran todo su cuerpo, y logran la hazaña máxima: robarle la sortija al calesitero, para obtener el premio de una vuelta gratis. Este paseo infantil es también una forma de socialización. Cada vuelta dura unos 4 minutos -dependiendo de la duración el tema musical que acompaña la vuelta-, el tiempo justo para intercambiar miradas, risas y comentarios entre los adultos, que se quedan abajo, y entre los chicos que comparten la diversión.

El tango y la calesita: historias paralelas

La Calesita llegó desde Alemania, entre 1867 y 1870 y se instaló en el antiguo barrio del Parque, que quedaba en donde hoy están el Teatro Colón y el Palacio de Tribunales. Eran tiempos en los que el tango andaba amasándose en los suburbios entre los "orilleros". Orilleros de la ciudad y también de la "sociedad". Entonces la calesita era nómada, iba saltando de potrero en potrero y estaba iluminada con unos pocos faroles a kerosene. Una tarde cualquiera, al baldío más céntrico del barrio, llegaba un señor arrastrando lonas, maderas y algunos caños. Ese montón de elementos se convertían, horas más tarde, en la calesita y el dueño ofrecía, a cambio de algunas monedad, un viaje imaginario en los rústicos caballitos de madera, la posibilidad de sentarse en los carritos de lechero o en los asientos multicolores.
Mientras los primeros compositores y letristas de "La Guardia Vieja" fundaban la música ciudadana argentina, Cirilo Bourrel, Francisco Meric y De la Huerta decidieron construir la primera calesita argentina y, el año 1891, la ubicaron en la entonces plaza Vicente López. Era sencilla, no tenía plataforma. Los muñecos, que se colgaban directamente de postes o cadenas, se inclinaban hacia afuera daban la sensación de estar volando. Nada de electricidad. Eran movidas por animales que caminaban en círculo, o personas que tiraban de una cuerda o manubrio.
Cuando llegaron al tango los nuevos directores de orquesta, con estilos propios, como Juan D'Arienzo y Juan de Dios Filiberto, y se estrenaron temas emblemáticos del cancionero histórico, como Caminito, Malevaje y el instrumental Quejas de bandoneón, la calesita estrenó la sortija.
Como suele ocurrir con muchas cosas que importamos, nuestra calesita tiene una particularidad: la sortija. Un estímulo extra para la diversión ya que el que logra alcanzarla, se gana el derecho a una vuelta gratis. La tradicional "pera de madera" que contiene la sortija fue un invento de la década del '30 inspirada en las carreras de caballos que hacían los gauchos. En algunas ocasiones está ubicada en un poste y en otras la sostiene directamente el "calesitero". Julián Centeya en su poema "La Calesita" cuenta ese momento: "El dueño, es un portugués / que da vuelta a la "pera", / con la sortija espera / que la saquen de un "revés"; / baja apurado, después / para atender a los clientes / que reclaman, impacientes; ‘que dura mucho… esta vez ‘".
El tango se impuso en "el centro" y se formalizó en el dos por cuatro, llegó a los salones y se vistió de gala. Las calesitas se transformaron y aparecieron los caballitos, los autitos, los personajes todos sin movimientos, pero todavía no se habían asentado en las plazas. Todos los calesiteros se conocían y se avisaban entre ellos sobre la existencia de un baldío en el que, por unos meses, se podía poner una.
El primer tango que se le dedicó a este espacio público fue Calesita de barrio (1949) con música de Juan José Paz y Jesús Otero. Pareciera que sus autores presintieron las enormes dificultades que debería enfrentar en el futuro: "Calesita de mi barrio que en mis años de purrete / eras el mejor juguete que me podían brindar, / cuando paso por tu lado, recordando aquellos tiempos, / no sé explicar lo que siento, pero quisiera llorar. / Calesita de mi barrio, espejo de mi alegría, / tal vez el progreso un día te lleve hacia otro rincón, / pero tenelo por cierto, que aunque deje de ser chico, / ha de vivir tu organito dentro de mi corazón".
El tango se hizo internacional y los argentinos le agradecimos a Alemania el habernos mandado la primera calesita enviándoles nuestros cantores y bailarines.

El primer carrusel argentino

En los años de 1940 el tango vivió un período de verdadera exaltación y la calesita se transformó, en el año 1943, en el primer carrusel argentino, íntegramente fabricado por la empresa Sequalino Hnos.
El tango ya se había convertido en la música y el baile de toda una generación gracias a su difusión masiva por medio de la radio, del disco y del cine. Se lo escuchaba en cafés y cabarés y se lo bailaba en confiterías, clubes barriales y salones exclusivos. Mientras todos disfrutaban el tango al compás de las grandes orquestas, el nuevo carrusel -que incorporaba la música y el movimiento al encanto de sus figuras- se convertía en la gran atracción de grandes y chicos.
Lo más interesante del carrusel fue la instalación de un órgano mecánico neumático accionado eléctricamente. Su parte exterior fue decorada con unos muñecos -vestidos con los típicos trajes árabes que recuerdan el cuento de "Aladino"- que se movían, a instancias del aire y al ritmo de la música, haciendo sonar una campanitas. Otras novedades eran nada menos que los doce biombos de cedro policromados, tallados a mano, con pinturas de escenas circenses y relieves del cuento de los tres chanchitos. Sobre la plataforma de madera giratoria se ubicaron los bancos de madera tallada y en los clásicos caballos, leones y autos se colocaron un nuevo sistema de sube y baja.
Este histórico carrusel funcionó en el barrio de Caballito, en la intersección de la Avenida Rivadavia y la calle Hidalgo. Su éxito fue tan grande que, en 1946, fue trasladado al Zoológico de Buenos Aires.

Resistiendo a los cambios y a los embates del tiempo

La Época de Oro del Tango se fue apagando. No fue suficiente el haber el llegando a cada uno de los rincones del país y haber triunfado en Europa para mantener su éxito. Poco a poco fue desbancado por los cambios políticos, sociales y culturales que se produjeron en la Argentina y en el mundo. Llegó a Buenos Aires el ritmo frenético rock and roll y de su mano llegaron también los Beatles. Al mercado discográfico argentino llegaron músicos y géneros extranjeros que se instalaron cómodamente: el jazz, la rumba, el mambo y otras expresiones centro americanas. El tango empezó a ser considerado la música de los viejos.
El famoso "Glostora Tango Club" que comenzó a transmitirse en 1946, con la ejecución en vivo de tres tangos en el auditórium principal de Radio el Mundo, dejó de transmitirse en 1968. La ciudad cambió su fisonomía. El tango El Progreso de Oscar Valles (Oscar Arturo Mazzanti) lo reflejó poéticamente: "¡Pobre corralón!, ya sin corazón / hoy es un garaje abacanado, / y hasta el bodegón, bronca con razón / pues de restaurant lo han disfrazado. / Muerto el cabaret, las wiskerías, / ahora, los boliches, se han comprado galerías, / y las pibas de hoy, en pantalones, / te dan besos de varones, con gusto a faso y alcohol".
Muchas calesitas se fueron perdiendo, quedaron casi exclusivamente las que se habían establecido en las plazas, porque aquellas que funcionaban en terrenos alquilados no consiguieron renovar sus contratos, el negocio inmobiliario resultaba muchísimo más rentable.
Mientras la calesita se retiraba del centro de la escena porteña, la música ciudadana le cantaba y homenajeaba. El tango que, a mediados de los años '50, habían compuesto Cátulo Castillo y Mariano Mores sirvió de base para que el escritor y compositor Rodolfo Manuel Taboada escribiera el guion de la película "La Calesita". Estuvo dirigida y protagonizada por Hugo del Carril, se estrenó en octubre de 1963 y actuaron, entre otras figuras, a Fanny Navarro y María Aurelia Bisutti. En ella se recorre buena parte de la historia de la Argentina a través de la figura simbólica de un calesitero que evoca sus el pasado.
En 1979, el primer carrusel porteño fue comprado en 19 mil dólares por el Club de Leones de Ayacucho, (provincia de Buenos Aires). Durante muchísimos años, las diferentes normativas impidieron el otorgamiento de nuevos permisos los calesiteros. Una mala generalización en el Código de Habilitaciones de la Ciudad de Buenos Aires equiparaba a las calesitas y a los carruseles con otros tipos de permisos o concesiones, sin tener en cuenta el valor histórico y cultural de los mismos. Las calesitas se fueron deteriorando y la empresa Sequalino Hnos -que logró exportarlas a Uruguay, Perú, Chile, Paraguay y Brasil- cerró definitivamente en 1984.
Enfrentado los desafíos del momento, los tangueros de ley seguían tarareando El firulete, una milonga de Mariano Mores y Rodolfo Taboada, que comenzaba con estos versos "¿Quién fue el raro bicho / que te ha dicho, che pebete / que pasó el tiempo del firulete? / Por más que ronquen los merengues y las congas / siempre es buen tiempo pa'la milonga. / Vos dejá nomás que algún chabón / chamuye al cuete / y sacudile tu firulete, / que desde el cerebro al alma / la milonga lo bordó. / Es el compás criollo y se acabó".

En el siglo XXI se rescató el patrimonio cultural

El avance de la urbanización puso en jaque a las tradicionales calesitas. Con la llegada de los nuevos shoppings muchos padres prefirieron otras diversiones para sus hijos y, por la falta de clientes, muchas se vieron obligadas a cerrar. Para evitar su total desaparición, en 2007, la Legislatura Porteña declaró a calesitas como Patrimonio Cultural de Buenos Aires.
Nuevas búsquedas y nuevas propuesta mantuvieron la esperanza de mantener la plena vigencia del género. Aparecieron nuevos músicos y poetas que influyeron notablemente en la evolución posterior del tango, como por ejemplo Eladia Blazquez, Astor Piazzolla, Horacio Ferrer, Horacio Salgán, Atilio Stampone y Raúl Garello.
En la década de 1980, el fenómeno generado por el espectáculo "Tango Argentino" hizo resurgir al dos por cuatro. Una vez más se reiteraba la costumbre argentina apreciar lo propio cuando que se consagra "afuera", el tango renació en su propia tierra y todos los esfuerzos fueron coronados por el éxito. En el año 2009, el tango rioplatense fue declarado por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
El tango y la calesita, son dos símbolos de la persistencia y el amor hacia las tradiciones más nobles y genuinas que atesoran los argentinos. No aparecen en los grandes medios de comunicación, no están entre los entretenimientos más cotizados del mercado, no muestran grandes avances tecnológicos pero mantienen su hechizo porque forman parte de una historia verdadera y pertenecen a todos por igual. El tango y la calesita son verdaderamente democráticos y, por suerte, están más allá de las especulaciones políticas. No se dejara aprisionar en ninguna grieta.
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