TANGO Reporter - Nota de Tapa - Septiembre - Octubre 2019

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Tapa 230TANGO Reporter
Esplendores del carnaval tanguero
Por Catalina Pantuso
Todos los años, "Por cuatro días locos", la gente suele sentirse más distendida porque el calendario señala la fiesta de carnaval. Situaciones cómicas anestesian momentáneamente las preocupaciones y la risa puede volverse carcajada.
Una parte de la sociedad se disfraza y se dispone compartir un tiempo de alegres ceremonias y ritos; otros disfrutan viendo cómo desfilan las murgas y comparsas. El largo feriado brinda un paréntesis de mayor permisividad y algún descontrol con sus luces de fantasías, noches estridentes y mañanas de resaca.
En tiempos en que el carnaval porteño era una verdadera fiesta, y sus multitudinarios bailes eran una cita obligada de toda la familia, el tango reflejó el sentir popular. Se compusieron más de 50 títulos que hicieron referencia a las alegrías, encuentros y desencantos que se vivían durante los festejos del Rey Momo. Los corsos en la calle —animados por las murgas— y los clubes barriales con sus orquestas típicas diseñaban el espacio en el que, durante "cuatro días locos", muchos se colocaban diferentes caretas para salir al ruedo de la "risa loca" y de la conquista pasajera.
Junto a los juegos de agua, los "concursos de mascaritas" infantiles y los certámenes para la elección de la Reina del Carnaval, que fueron famosos especialmente en la década del 30, el tango sonaba en todo su esplendor. Los compositores preparaban sus letras y partituras y los músicos las ensayaban durante largas jornadas para que los cantantes las interpretaran en vivo.
Los bailes de carnaval fueron la base de lanzamiento del tango y también de su definitiva consagración. Vicente Greco, el creador de la orquesta típica criolla, se presentó en los carnavales de 1914 y 1915 en el teatro Nacional del Norte. Francisco Canaro y su orquesta siguieron esta línea en el teatro Opera, sobre calle Corrientes y más tarde en el Luna Park.
El mítico Pabellón de las Rosas —que se había inaugurado con la orquesta de Greco, a la que siguió la de Roberto Firpo— cerró su actividad bailable al finalizar el carnaval de 1929. Aquellos primeros carnavales tangueros se recuerdan en el tema "Carnaval de antaño", de Sebastián Piana y letra de Manuel Romero: "¿Te acordás del carnaval/ de 1912,/ que tallaba en el Pigall/ la patota de los Posse?/ ¿Te acordás de aquel festín/ en aquel peringundín,/ allá por Rodríguez Peña,/ que acabó con botiquín?/ ¿Y la biaba que cobró/ aquel pobre cocoliche/ que tocaba el acordeón/ en la puerta de un boliche?/ ¡Qué lindo tiempo aquel!/ ¡Qué lindo carnaval!/ Las cosas terminaban en la puerta ‘el hospital".

Carnavales del dos por cuatro también en el Teatro Colón

Los grandes bailes de los clubes fueron una fiesta familiar desde los años 20 y hasta los 70 del siglo pasado entre los más famosos se recuerdan los de Comunicaciones, Villa Malcolm, Regatas de Avellaneda, Unidos de Pompeya o el Darling Tennis. Sociedades que agrupaban diversos grupos de inmigrantes también celebraban. Los festejos continuaban en el Centro Catalá; la Sociedad Verdi, de la Boca; la Unión Obrera Española, la Sociedad Ligure; el Centro Gallego; el Centro Lucense o el Centro Asturiano. El carnaval de entonces, con sus guirnaldas de colores y sus afiches en blanco y negro, era participativo y repleto de artistas populares, desde Juan D'arienzo hasta Sandro.
A fines del siglo XIX los clubes del Progreso y Jockey ofrecían bailes de Carnaval para sus asociados y, para los que veraneaban fuera de la ciudad, podían contar con la propuesta del hotel Las Delicias, de Adrogué, o el Tigre Hotel. Los salones más populares fueron los teatros, como el Opera, el Politeama de la calle Paraná, y el Marconi Smart (actual Multiteatro). En 1936 se llegó a organizar un elegante baile de disfraces en el Teatro Colón al cumplirse los 400 años de la primera fundación de la Ciudad. Colon Teatro Carnavales de antaño Archivo Gral de la Nacion.
En estos días se hace muy difícil imaginar al Teatro Colón como una enorme pista en la que se pueda organizar festejo carnavalero porque su nombre está asociado con la presentación de las grandes figuras líricas o del ballet y en algunas oportunidades a la presentación de gala de las más importantes figuras de la música popular. Pero no siempre fue así.
La historia relata que el primer Teatro Colón —inaugurado en 1857 en Rivadavia y Reconquista— se alquiló, en el año 1872, a agentes privados para realizar los bailes de carnaval. En su libro "Palco, cazuela y paraíso", Margarita Pollini narra: "La tradición comenzó casi junto con la actividad del Teatro. Para febrero, el Colón se transformaba en un salón de baile popular: los artistas, por supuesto, en el escenario, los más pasivos en los palcos, y los cientos de bailarines girando en el espacio de la platea".
Desde 1931, cuando el tango conquistó a la élite porteña, el Colón animó sus bailes de carnaval con grandes orquestas típicas. Si en 1932 hasta Enrique Santos Discépolo dirigió allí un conjunto, el apogeo se dio en 1935 cuando Julio De Caro formó una orquesta de cuarenta profesores y estrenó el tango "Coquito" del maestro Carlos López Buchardo. Pero esta iniciativa no duró demasiado. Fue en el carnaval de 1937 cuando la histórica sala principal del Teatro Colón se convirtió en una pista milonguera por última vez.

Papel picado y serpentinas en la algarabía barrial

Entre serpentinas, flores de papel y frios chorritos lanza perfumes el legendario carnaval porteño convocó a multitudes desde principios de siglo XX.
En las décadas del treinta y el cuarenta los corsos se desplazaron a los barrios, manteniendo siempre el tradicional corso oficial de la Avenida de Mayo. Miles de personas durante varias noches, alentaban estas manifestaciones populares en donde junto a los juegos y la diversión de los concurrentes, se entregaban premios a las mejores murgas y disfraces. El letrista Luis Rubistein expresaba: "Carnaval de mi barrio/ donde todo es amor,/ cascabeles de risas/ matizando el dolor…,/ Carnaval de mi barrio,/ pedacito de sol,/ con nostalgias de luna/ y canción de farol" (Carnaval de mi barrio)
En el barrio, olvidando por un rato las dificultades cotidianas y la rutina del trabajo, la gente festejaba compartiendo la música y el baile. Uno de los tangos más emblemáticos es "Yo me quiero divertir", de Julio De Caro con letra de Dante A. Linyera. "Yo esta noche me hago el loco./ Son chispazos los desaires de la suerte/ si la vida es mascarita de la muerte/ y esta noche es carnaval./ Disfrazadas nuestras almas de payasos,/ nuestros rostros de alegría/ en el loco torbellinos de la orgía/ a reír para olvidar…/ Al acorde de los fuelles que consuelan/ levantemos nuestras copas/ y brindando por el Dios Polichinela/ a entonar este cantar".
Pero, ni el papel picado, ni el ruido de los silbatos y las matracas o las resonantes carcajadas de los compadritos podían anular la cruda realidad. También aparecía el desfile de unos cuantos hipócritas que ocultan sus miserias en el juego de las mascaradas: "¡Eh muchachos! la garufa ha comenzado/ que prosiga la milonaga/ en el mundo todo viven disfrazado/ ¡todo el año es carnaval!…/ El canalla usa careta de inocente,/ el ladrón, la de hombre honrado,/ la ramera de decente, y la decente/ de hetaira mundanal…/ Si esta vida es mascarada ¡Siga el corso!/ y brindando por Dios Momo/ al acorde de los fuelles que rezongan/a entonar este cantar".
Son varios los tangos que hacen referencia al uso de las serpentinas: "Serpentina", de Miguel Caló y Francisco Federico; "El rey de la serpentina", de Graciano De Leone y "Serpentinas de esperanza", de José Canet y Afner Gatti. En este último tema también aparecen las referencias al contexto social, a las desilusiones que se esconden detrás de la diversión y el bullicio: "Esta noche bajo el arco de la vida, / va paseando su locura el carnaval,/ suena el mundo la corneta de su risa/ y se ha puesto una careta de bondad./ Ataviada con su luz y piedras falsas,/ pasa, bella y sugestiva, la ilusión,/ enredando serpentinas de esperanza/ en la tierna mandolina de un pierrot".

Homero Manzi, la murga y los bailes de carnaval

La murga —a la que el violinista y compositor Peregrino Paulos le dedicó un tango— era una verdadera institución barrial. Este género músico-teatral, distintivo del Río de la Plata, con sus canciones satíricas —con contenido social y hasta político— invitaba a la participación del público con el retumbar de sus bombos y platillos. Entre las más famosas estaban: Los Criticones de Villa Urquiza, Los Averiados de Palermo, Los Pegotes de Florida, Los Curdeles de Saavedra y Los Eléctricos de Villa Devoto. A todas ellas les cantó Luis Rubistein: "La murga de purretes,/ esafinando un tango,/ machuca los oídos con destemplada voz…/ Gorriones de mi barrio que vuelcan en el fango,/ puñados de alegría que les regala Dios" (Carnaval de mi barrio).
Homero Manzi recordaba que en su adolescencia, cuando vivía en el barrio de Boedo y concurría al colegio Luppi —ubicado en Pompeya— sus hermanas Dora y Esther le hicieron el típico traje a rayas de los presos para que lo luciera en la murga "los Presidiarios". Sus compañeros y vecinos ya lo consideraban un poeta. Es que entre sus primeros versos estaban la coplas humorísticas escritas para la murga: "A nuestro director/ le duele la cabeza/ y quieren que lo conviden/ con un vaso de cerveza."
Pero no sólo había diversión callejera. Homero tenía catorce años cuando creó junto a sus compañeros un club denominado "Billiken" donde ensayaban obras de teatro bajo la dirección de Alberto Vaccarezza. Los bailes de carnaval eran un verdadero desafío para el prestigio club; en uno de ellos estrenó su vals "¿Por qué no me besas?", la primera letra que escribió Homero y que estaba dedicada especialmente al "sector femenino de Billiken". Este tema, con música de Francisco Caso fue grabado por Ignacio Corsini en 1928.
Manzi ya era un poeta consagrado cuando, en 1941, le puso letra a la milonga de Sebastián Piana "Carnavalera" —grabada por Héctor Mauré con la orquesta de Juán D'Arienzo—, que muy pocos recuerdan. La murga de la infancia vuelve a estar presente: Se acerca la comparsa, ya vino el Carnaval…/ Los negros van bailando, bailando sin cesar…/ Al ruido de mi tambor, Carnaval, carnavalera,/ la busca mi corazón./ Un pardo se la llevó, Carnaval, carnavalera,/ con traje de dominó.(…) En un Carnaval me quiso y en otro me abandonó,/ pero yo no sufro tanto mientras canto esta canción."

Entre disfraces bailaba la seductora Colombina

Según el tiempo disponible, las habilidades y los presupuestos, cada familia se preparaba para ir al corso. Madres, abuelas, tías o madrinas se esmeraban para confeccionar los disfraces para los más chicos. Los pibes lucían sus trajes de piratas, marineros, payasos, gauchos, presidiarios o elegantes caballeros de frac con sus moñitos y galeras. Las niñas se engalanaban con trajes de bailarinas, damas antiguas, hormiguitas viajeras, reinas o paisanitas criollas. Walt Disney todavía no era famoso y sus personajes estaban ausentes en los desfiles.
También los adultos solían disfrazarse. Las antiguas caretas de cartón permitían un cierto anonimato, distorsionaban los rasgos hasta convertirlos en risueñas caricaturas: bigotes retorcidos, narices enormes, ojos saltones, bocas desdentadas. Otras intentaban provocar el terror de los transeúntes desprevenidos; diablos, brujas y diferentes monstruos que sorprendían por la espalda y desataban algunos gritos y nerviosas carcajadas.
Las jóvenes lucían sus mejores galas y sus impecables maquillajes. "¿Dónde vas con mantón de Manila, / dónde vas con tan lindo disfraz?/ Nada menos que a un baile lujoso/ donde cuesta la entrada un platal…/ ¡Qué progresos has hecho, pebeta!/ Te cambiaste por seda el percal…/ Disfrazada de rica estás papa,/ lo mejor que yo vi en Carnaval". (Carnaval, de Aieta y García Jiménez) Los trajes vistosos alimentan las ilusiones que ocultan los rostros y alimentan el deseo: "Sacate el antifaz,/ Marquesa de Trianón;/ quiero mirar tu faz/ y darte el corazón…/Debe ser el sol/ tu rostro angelical, /te ruego, por favor,/sacate el antifaz".(Sacate el antifaz, de Orlando Romanelli y Alberto Munilla). El misterio atrae y también es peligroso; si la joven a la que se está cortejando resultara ser un prima o la hermana de un amigo, no habría romance sino una pelea casi segura: "Mascarita no te tapes tanto,/ que la cara yo te quiero ver./ Levantate un poco la careta,/ para que te pueda conocer. (Sacate la caretita, de s Cosenza, Schumacher y Caruso).
Muchos son los tangos que toman el tema del disfraz, solo basta recordar algunos que lo colocan en sus títulos: Disfrazado", de Antonio Tello y Alejandro Da Silva;"Disfrazado [b]" (título homónimo), de Aieta y Francisco Laino; "Disfrazate hermano", de Antonio Bonavena, Antonio Solera y Francisco Gorrindo; "Esta noche me disfrazo", de Juan B. Vescio; "Quiero disfrazarme", de Roberto Prince y Francisco Sorrentino y "Tu disfraz", de Ángel Danesi.
Uno de los protagonistas más cantados en los antiguos tangos carnavaleros fue Colombina, el más famoso personaje de la Comedia del Arte italiana que, muchas veces iba acompañada de Pierrot. Seguramente, por la influencia de la cultura de la inmigración europea, en cada corso, había una niña o joven que llevaba ese vistoso disfraz: "La conocí en Puente Alsina,/ en el corsito del barrio,/ yo iba de presidiario/ y ella de Colombina" ("En el corsito del barrio", milonga de Abel Aznar y Reinaldo Yiso). Seguramente en los salones se podía bailar al compás del tango instrumental "Colombina" de Mateo Cóppola.
A ella —cómplice de las damas, musa de los poetas y eterna seductora de jóvenes, viejos, amos y criados— le dedicó sus versos Francisco García Jiménez en "Carnaval", un tema con música de Anselmo Aieta: "Divertite, gentil Colombina,/ con tu serio y platudo Arlequín./ Comprador del cariño y la risa,/ con su bolsa que no tiene fin./ Coqueteá con tu traje de rica/ que no pudo ofrecerte Pierrot,/ que el disfraz sólo dura una noche,/ pues lo queman los rayos del sol". Los mismos autores la recuerdan también en "Siga el corso": "Esa Colombina/ puso en sus ojeras/ humo de la hoguera/ de su corazón…"
Uno de los tangos más exitoso fue "Colombina (Teresita)", con música de Julio y Francisco De Caro y letra de Enrique Cadícamo, que pinta el sufrimiento que provocaba la fascinante mascarita: "Sollozaron con pena los violines,/ silenciando la alegre mascarada/ y por rivales brazos estrechada,/bailaba Colombina en el salón./ Yo sentía la garra de los celos/ destrozar sin piedad mi pobre pecho/ y esa noche, cual un altar deshecho/ mustio de amor quedó mi corazón.(…) Solamente su risa escuchaba,/ cual una flauta de cristal divina/ y reía la bella Colombina/ de mi altiva amargura de Pierrot.." Desde algún sitio, Enrique Santos Discépolo presentaba otro personaje de la Comedia del Arte que escondía sus dolores por la indiferencia de Colombina: "Soy un arlequín,/ un arlequín que canta y baila/ para ocultar/ su corazón lleno de pena".
En el carnaval se entrelazaban las luces y las sombras y también se cambiaban los roles. Algunas veces la que sufría era la "Pobre colombina" (Virgilio Carmona y Emilio Falero) que cuando "La fiesta está en su apogeo,/ todo son bromas y chistes…/ ¡La Colombina tan sólo está triste,/ de luto se viste,/no quiere cantar!. No siempre el que sufre por el amor contrariado es el varón: "Es que Pierrot la ha engañado;/ se fue con su mandolina/ siguiendo el paso de otra Colombina,/ de líneas más finas,/de pelo ondulado…"

Añoranzas del brillante carnaval tanguero

Como todas las fiestas tradicionales, la celebración porteña del carnaval viene desde lejos. Se lo consideró como feriado nacional desde 1956 hasta el año 1976 en que fue eliminado, y volvió a figurar en el calendario, luciendo su color rojo, en el año 2011. Sin embargo no volvieron a tener el fervor popular de antaño ni la rutilante presencia tanguera que supo caracterizarlos.
Como en años anteriores la Comisión de Carnaval —dependiente del Ministerio de Cultura del gobierno porteño— ha fragmentado al máximo la convocatoria popular en pequeños "corsitos" barriales, donde desfilan unas 100 "murgitas" sin más pretensión que mostrar sus buenas intenciones. Nadie se ocupó en adornar e iluminar las calles destinadas al festejo y sólo se siente el clima de carnaval cuando los transeúntes se dan cuenta del cambio de recorrido del transporte público. Son muchos los que sienten nostalgias por aquellos antiguos carnavales y, si pueden, viajan a Salta, Corrientes o Entre Ríos a divertirse mirando como desfilan las comparsas.
Los versos del tango "Después de Carnaval", escritos por José Amuchástegui Keen, sirven para finalizar con esta serie de recuerdos: "Se fueron las horas/ de algarabía/ que Momo brindara/ con alegría…/ Callaron las risas/ de Colombina…/ Pierrot agoniza/ entre serpentinas. Murió carnaval y su cortejo/ de alegre y loca bullanguería…./ Cornetas y gritos se escuchan lejos,/ vibrando las almas, al recordar…" ***

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