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Tapa 118
El Café de Hansen y la Rubia Mireya
Por Jorge Fernández "Jorfer"

¿Es cierto que se podía bailar en el Café de Hansen? ¿Vivió o es una fantasía la Rubia Mireya? El tango y el cine contribuyeron a mantener vivo el mito de aquella mujer por quien pelearon los hom bres "tauras" de Hansen.

Viene a tiempo recordar algo que el matutino La Prensa de Buenos Aires publicara en su suplemento dominical del 28 de agosto de 1966, y que con el título de "Verdad y leyenda del Café de Hansen”, firmara Ricardo M. Llanes. Entre sus frondosos párrafos nos revela interesantes detalles que vale la pena conservar, ya que sirven de valiosos aportes a la reconstrucción del historial tanguero de ese local. Sin ser estrictamente ordenados en su revisión, trataremos de transcribir algunos.

"En el historial de la música popular que señala geográfica y particularmente la ciudad de Buenos Aires, dos son las páginas de mejor y más autentica significación emocional en el alma del porteño: las que comienzan conquistando patios, escenarios y bandoneones con los nombres de La Cumparsita y Tiempos Viejos. (...) . En lo que atañe a este último cabe manifestar él se entraba en conocimiento del afamado Café de Hansen ubicado en Parque 3 de Febrero.

“La inusitada nombradía del Café de Hansen, a tantos años de su demolición, comenzó en forma directa y en forma general al exhibirse la película ?Los Muchachos de Antes no usaban Gomina’ y por vehículo de los versos cantados en ella de Tiempos Viejos (...) al revivir el nombre de este café, y el apodo de una mujer, la Rubia Mireya que yacían bajo la indiferencia de veinticinco años de olvido (...), y en los que la pregunta es de pura admiración: ?¿te acordás, hermano, que tiem pos aquellos?’”.

No sabemos de ninguno de cuántos han escrito sobre el Café de Hansen, que haya comenzado por el principio: esto es el antecedente inmediatamente relacionado con la construcción del edificio para restaurante y confitería que fue el primero de los instalados en el parque 3 de Febrero. Sobre el particular transcribimos la noticia aparecida en el diario La Prensa del 26 de Febrero de 1887: “...don Alberto María Mayer está levantando un establecimiento en la esquina de las avenidas Sarmiento y Casares. El área del terreno que ocuparán las construcciones, es de una manzana la cual ha sido cedida por el gobierno al señor Mayer. Este establecimiento será el complemento inevitable del paseo de moda al que acuden las principales familias de nuestra sociedad”.

Dicha manzana limitaba con el camino por el cual corría el Ferrocarril Central del Norte, transformado en 1917 en la Avenida Centenario (hoy Figueroa Alcorta).

Tenemos entendido que de este establecimiento se hizo cargo años más tarde, un comerciante apellidado Tarana, quién a su vez lo traspasó a J. Hansen, que lo mantuvo hasta poco antes de su desaparición en 1912, demolido durante la administración del doctor Joaquín S. de Anchorena, el intendente municipal que inauguró en noviembre de 1913 los jardines de la Rosaleda, comúnmente conocido por el Rosedal.

Varios son los autores que se han ocupado en describimos el renombrado rincón de Palermo; y entre ellos, el desaparecido periodista Manolo Castro en su libro "Buenos Aires de antes". En el capítulo que titulara "En lo de Hansen", dice: "Los aspectos fisicos del Restaurante del Parque 3 de Febrero, que tal era la designación oficial del establecimiento, variaban con las horas, resumían las diversas actividades y las distintas modalidades de quienes frecuentaban Palermo. De mañana concurren a él, madrecitas y niñeras que llevan a desayunar a los niños, después del higiénico footing por caminos y veredones, y no faltan grupos de jinetes de apetito despierto por el prolongado galope. De tarde, hasta el anochecer, lo frecuentaban ciclistas de pantalones bombachudos, sacos a la cazadora y gorras de enormes viseras, o las damiselas que pasean su spleen por la aristocrática avenida de las Palmeras (de las escobas, según el remoquete de los guardianes) reclinadas lánguidamente en cupés y landós que arrastran braceadores trotones. Recién de noche, de las diez al alba, cambia el panorama".

Y esta es la sola traza que recuerda la tradición oral, con inconsciente propósito estilizador. Los de fin de siglo, evocan aún “aquellas noches en lo de Hansen”.

A su vez A. Taullard en su obra ?Nuestro Antiguo Buenos Aires’, expresa entre otras cosas: "era uno de los pocos lugares de Buenos Aires, donde la jarana se permitía, lejos del centro, entre la arboleda silenciosa. El Hansen tenía aspecto de merendero andaluz y cervecería alemana. Desde varias cuadras, a media noche, descubríase su ubicación por las líneas de luces de los faroles de los carruajes, y los farolitos de colores que alumbraban las glorietas; en esas glorietas se cenaba entre risas y farándulas, y en el gran patio, los parroquianos bebían bajo un techado frondoso de glicinas y olorosas madreselvas. La orquesta tocaba milongas, polcas y valses".

Conforme con la afirmación de Manolo Castro en el ya citado capítulo, “...al son de esas orquestas, las más compadronas que podían encontrarse (una de ellas fue la de Ernesto Ponzio), se bailaba. Y nunca vimos bailes de concurrencia más abigarrada y dispar; endomingadas chinitas de los alrededores y rubias francesas del Royal o del Petit-Salón, milicos y ?cosacos’ de los cuarteles vecinos, en trajes de particulares, ?pesados’, ?arrabaleros’ y ?niños bien’”.

Sin embargo, Felipe Amadeo Lastra en sus "Recuerdos del 900" (libro aparecido en 1965), manifiesta lo contrario: "En ese local no se bailaba; estaba prohibido, como en todos los sitios públicos". No obstante, agrega: "en el Hansen, casi toda la música que se oía, era del más genuino corte compadre, tocándose los tangos más en boga de la época".

Amadeo Lastra hace una exacta descripción del patio, las glorietas, el lugar donde se ubicaban los músicos, etcétera; y afirma que "durante el día y hasta las once de la noche, era un pacífico restaurante. Pero a partir de esa hora empezaban a llegar los paseantes nocturnos, la mayoría con "cafarungas" (¿?) conocidas."

En el año 1912 Manolo Castro contaba 15 años de edad, pues había nacido en 1897. Ello permite suponer que escribió de oídas sobre un lugar que no había conocido directamente, en plena función. Vale decir que se sirvió de versiones orales recogidas en sus andanzas de empeñoso investigador. Pero Felipe Lastra, "porteño octogenario de fresca memoria y proba y fundada información", como lo afirma el autor del prólogo de "Recuerdos del 900", doctor León Benarós, ha volcado en las páginas de ese libro, sus propias noches del Hansen.

De ninguna manera, nos atreveríamos a poner en tela de juicio la versión de Felipe Amadeo Lastra. Pero, ¿cómo vamos a dudar de cuánto manifestara otro personaje del 1900, que fuera integrante de una de las orquestas que actuaron en lo del sueco Hansen, el pianista Manuel Campoamor, que se destacaba entre los mejores compositores tanguistas de comienzos de siglo?

Son de Campoamor estas declaraciones: "El Tarana era uno de los pocos sitios donde de podía bailar". "Allí estaba el Cachafaz haciendo malabarismos con los pies entre las quebradas del baile que animaban los músicos Juan Carlos Bazán, Francisco Postiglione y Roberto Firpo. A un lado, el ?Pardo’ Santillán esperaba turno para hacerse ver".

Francisco García Jiménez, en una página evocadora, dice: "Y al ritmo del Washington Post y de Pas dés Patineurs y del tango también con corte y quebrada, hijo de la milonga y del compositor ?pardito’, que se bailaba en el mitológico Hansen".

Y si a pesar de lo expresado se necesitara el argumento terminante presentado en la letra del tango de Manuel Romero: "¿Te acordás, hermano, de la rubia Mireya/ que quité en lo de Hansen al loco Rivera/; casi me suicido una noche por ella/ y hoyes una pobre mendiga harapienta?/¿te acordás, hermano, lo lindo que era?/ formábamos rueda pa' verla bailar"...

Tango incluido en su película “Los muchachos de antes no usaban gomina” que contó con la participación de Mecha Ortiz, Florencio Parravicini, Santiago Arrieta y Hugo del Carril, quien cantaba los versos de Tiempos Viejos con música de Francisco Canaro. Y si Arrieta como del Carril no habían alcanzado a conocer el Café de Hansen, ahí estaban Canaro y Parravicini, para atestiguar la verdad del baile y escenario que la pantalla renacía.

Todo pues, nos obliga a creer, que allí no se bailaría en el correr de la década finisecular 1890-1900, después si.

La Rubia Mireya

La versión evocadora del Café de Hansen, siempre ha resultado inseparable del recuerdo de la rubia Mireya; y puede asegurarse que la imagen de ella, forjada por la canción, contribuyó a la renovada como constante nombradía del histórico café. Pero así como existió la desventurada María Esther, heroína del tango Milonguita de Enrique Delfino y Samuel Linning, la figura de la rubia Mireya, ¿fue tomada de la realidad, o solo respondió a la imaginación creadora del autor de Tiempos Viejos?

Deberíamos inclinamos por esto último después de leer otro de los párrafos del cronista Manolo Castro: "La gente de hoy (escribía) cree conocer al Café de Hansen, a través de un tango y de una película cinematográfica cuyo autor confiesa no haberlo conocido".

Sin embargo conocemos un viejo antecedente que nos trae el recuerdo de una mujer que pudo o no tener relación con el café de Hansen, pues era bailarina y mantenía esa situación nocheriega en la primera década del siglo y con idéntico motivo.

Es posible que todavía algún habitante del barrio de Almagro, y en particular aquellas familias que, allá por el año 1907 se domiciliaban en la cuadra de Castro Barros al 400, pueda tener memoria de Margarita Verdier, o Verdiet, a quienes unos llamaban "La Oriental" y otros "La Rubia Mireya". Hija de padres franceses nacida en Uruguay y mujer de vida irregular, en la clasificadora lengua del vecindario, tenía fama de "ave nocturna", entregada al "baile de los compadritos", como por entonces se estigmatizaba al tango.

No podríamos asegurar que Manuel Romero conociera a esta Margarita, pero suponemos que tuvo conocimiento de su existencia y de su drama, pues Margarita Verdier pasó sus últimos días en un largo acto similar a la de la protagonista de "La Dama de la Camelias". Y en consecuencia, se puede pensar que la Mireya del conventillo de Castro Barros 433, por coincidencia de época, apodo y condición, entra en el escenario de la mitología porteña para confundirse con la otra, corporizada en la popular creencia por el tango que les infundiera vida; no siendo todo, por lo demás, sino leyenda repetida en la que también figura el Café de Hansen, después de su tan resonante como atrayente realidad·.

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