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Tapa 145TANGO Reporter --- Nro 146 - Julio 2008.
Influencia de la inmigración italiana en el Tango
Por Ricardo Ostuni

Tanto Jorge Luis Borges como del sociólogo uruguayo Daniel Vidart, hicieron algunas apreciaciones sobre lo negativo que resultó esa influencia.
Ambos escritores hacen responsable a la inmigración italiana de la supuesta tristeza del tango. Le enrostran al inmigrante meridional, haber trocado los bravíos desplantes del primitivo tango villoldeano, en la sensiblera nostalgia del tango-canción. Borges cita como ejemplo de aquellos tangos bravíos, hechos a puro descaro en los que se exhibía esa felicidad de pelear porque sí nomás, El flete, El caburé, Siete palabras, Venus, Don Juan y otros, sin advertir que todos fueron compuestos por los hijos de los primeros italianos de la gran inmigración. Son tangos de los Bevilacqua, los Gobbi, los Grecco, los Maglio, los Berto, los Ponzio, los De Bassi, los Firpo, los Canaro, por nombrar sólo algunos de los nombres más ilustres de la primera época del tango.
¿Por qué cargarle a la inmigración italiana la queja llorona que aparece en el tango a partir de Mi noche triste? La culpa no fue del organito callejero ni del acordeón napolitano como sostiene Vidart. El acordeón jamás tuvo arraigo en el tango. Gravitaron otros factores y entre ellos la transformación urbana de Buenos Aires que en pocos años dejó de ser la gran aldea para convertirse en la capital de un imperio imaginario -como la llamara André Malreaux- donde el arrabal devino en suburbio y el compadrito en proletario.
Pero, vayamos a la médula del tema. Los textos clásicos sobre los orígenes del tango no le conceden sustantiva influencia a la inmigración italiana. La mayoría de los investigadores y ensayistas sólo han hurgado en los supuestos antecedentes negros (el candombe), españoles (el tanguillo andaluz) criollos (la milonga) o caribeños (la habanera) con total descuido de la posible nutriente peninsular que tanto influyó en el diseño de las costumbres y cultura argentina.
La Argentina es un país de inmigrantes. El árbol de su sangre cubre con su espesura la geografía de Europa y da sombra a buena parte de otros países cercanos y lejanos de los Montes Urales.
De esa inmigración el caudal mayoritario fue italiano. Entre 1880 y 1914 ingresaron a la Argentina 2.022.326 inmigrantes provenientes de distintas regiones de Italia, que se sumaron a los muchos que ya residían en el país. Los primeros habían venido con Mendoza en la fallida fundación de 1536, entre ellos Leonardo Gribeo, a quien una vieja tradición recogida por Pastor Obligado le atribuye haber llevado de Cagliari a Sevilla la imagen de la Virgen de Bonaria que dio nombre a Bs. Aires.
En 1881 el Comisario General de Inmigración de la Argentina, Samuel Navarro, decía en su informe: "en la República la inmigración italiana es la más numerosa, la mas preponderante, la más industriosa, social y comercialmente hablando".
Años después, en 1907, Giuseppe Parisi publicó en "Roma una Storia degli italiani nell Argentina" -posiblemente la primera, cronológicamente hablando- donde afirmó que: "no existe un solo palmo de terreno cultivado, ni una sola casa edificada que, por lo menos, un ojo italiano no haya visto y, luego, manos italianos no se hayan apurado en esparcir en ellas los beneficios de la civilización y del progreso humanos".
Más enfático aún fue Emilio Zuccarini. En su libro "Il lavoro degli italiani nella República Argentina dal 1516 al 1910", asentó este sólido juicio: "Italia dio a la Argentina la población que ésta no tiene y la Argentina, en devolución, les dio (a los inmigrantes) el pan que éstos no tenían". Tal era la gravitación de la presencia italiana en la vida argentina a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX.
Plumas de los dos continentes celebraban por ese tiempo, el fenómeno inmigratorio italiano. Aunque también hubo voces que no escatimaron su rechazo.
"La Argentina recibió por igual brazos laboriosos y manos delincuentes despertando los primeros recelos hacia esa inmigración. Esta laxitud se extendió también al ingreso de intelectuales y activistas contestatarios. Confluyeron por una parte, anarquistas, socialistas, republicanos, verdaderos emigrantes políticos y por otra, emigrantes politizados, obreros y campesinos que, por haberse puesto en evidencia en conflicto de trabajo y en agitaciones callejeras o por haber profesado ideologías distintas de las dominantes, eran también calificados como subversivos". Esto lo escribe la socióloga italiana Maria Rosario Ostuni en "La inmigración italiana en la Argentina", cuya versión traducida apareció en Buenos Aires hacia el año 2000.
Pero mayoritariamente los inmigrantes venían en busca de trabajo. Traían oficios diversos: eran marinos, albañiles, carpinteros, panaderos, confiteros, jornaleros, aunque en los registros oficiales se los haya asentado -por comodidad burocrática- como agricultores. También llegó un interesante número de profesionales.
La inmigración italiana trasplantó a la geografía argentina su milenaria cultura mediterránea y los valores étnicos peninsulares, pero hizo un heroico esfuerzo por acriollarse, aprehender las costumbres de su nueva tierra y elaborar un sentido de pertenencia , aunque también hubo grupos que no se adoptaron y regresaron a su tierra con algún desengaño.
Sólo un nacionalismo a contramano, podría hoy intentar desconocer la importancia que tuvo el fenómeno inmigratorio para la transformación de la Argentina. Pero tampoco cabe idealizarlo como una gesta civilizadora al modo de ciertas exaltaciones hiperbólicas. Los inmigrantes vinieron en busca de una vida mejor o con el recurrido propósito de hacer la América y regresar a sus lares. Si bien, la inmensa mayoría, se quedaron, hicieron una posición, fundaron una familia, crearon empresas, abrieron fuentes de trabajo, fueron ejemplo de filantropía y solidaridad y al fin de sus días fueron tan argentinos como el que más y sintieron esta tierra, amasada con sus manos, como propia.
Es innegable la gravitación que tuvieron los inmigrantes en los usos, costumbres, lengua, ideas políticas y desarrollo cultural de la Argentina a cuyo progreso contribuyeron grandemente. En este punto cabe coincidir con Andrés Carretero: "Más que juzgar a la inmigración en sí, es necesario juzgar y valorar los resultados que produjo".

* Los italianos y el Tango

El tango se ha nutrido de varias fuentes. De cuantas se mencionan, descreo de la legitimidad de algunas. No se verifica en el tango una clara ascendencia negra en su raíz musical (tal vez podamos encontrar similitudes coreográficas con el candombe -que es una danza negra creada en América- y otras danzas africanas), pero, como lo sostiene Horacio Salgán, jamás un instrumento de percusión integró los conjuntos iniciales en los albores del tango. No hubo maracas, panderetas, tambores, bongoes, tumbadoras ni bombos. Por el contrario abundaron las flautas, las guitarras, los violines y las arpas y más tarde el piano y el bandoneón. Todos instrumentos europeos, la mayoría de ascendencia itálica.
Sin dudas una de las fuentes más gravitantes en la formación del tango, fue el aluvión inmigratorio que se afincó en Buenos Aires.
Cabe preguntarnos sin sonrojo, qué posteridad hubiera tenido el tango sin el aporte de la inmigración italiana. Fue esta inmigración la contribuyó a consolidar su estructura musical a través de muchísimos músicos llegados a fines del siglo XIX y principios del XX, con sólidos conocimientos musicales, que se sumaron a la interpretación y a la creación tanguera. No pocos de los más famosos tangos, fueron pasados al pentagrama por músicos italianos con el agregado de algunas partes –reminiscencias de canzonetas y romanzas- que les dieron ese toque de belleza perdurable a través de los años.
Se ha hablado mucho –y se ha escrito más- acerca de las raíces del tango citando al candombe, a la habanera, al tanguillo andaluz y aún otras especulaciones menos asequibles. Pero no existen estudios serios que determinen la impronta que ha dejado, por ejemplo, la canzonetta en la música de Buenos Aires.
José Gobello ha sentenciado que si no se tiene en cuenta la sangre italiana que corre por las venas de Buenos Aires, no se puede comprender la idiosincracia del porteño.
Y hay aún un antecedente anterior. En la revista Caras y Caretas del 7 de febrero de 1903, apareció un artículo titulado "El Tango criollo" donde se adjudica al italiano acriollado en el barrio de la Boca ser más fiel cultivador del tango desde sus orígenes.
¿Y dónde aprendió el tano inmigrante a hacer la compadrada que transformó la canzonetta en tango?
El inmigrante italiano trajo consigo un bagaje cultural milenario por encima -o a pesar- de su escasa o a veces nula, instrucción escolar. Su alma de artista es condición innata, es una virtud del pueblo italiano, así como otros pueblos tienen otras virtudes. Por otra parte no debemos olvidar que la inmigración italiana, más que un proceso de adaptación a las costumbres y culturas preexistentes entre los argentinos, hizo un proceso de fusión.
La historiadora María Saénz Quesada sostiene en su libro "Historia del país y de su gente", que todas las colectividades -salvo la italiana- pusieron el mayor empeño por conservar su identidad. Los ingleses, dice, sostenían a rajatabla su anglofilia a pesar de que muchos de sus miembros hubieran nacido en la Argentina (lengua, religión, costumbres).
El italiano en cambio supo amoldarse velozmente a las pautas de la sociedad argentina, creando no sólo fuertes mecanismos de convivencia, sino también, haciendo suyos los símbolos, las costumbres y el habla de la tierra adoptiva. Además los hijos de los inmigrantes italianos, proclamaban su criollismo, -muchas veces de modo compadre- lo que muestra cuán fuerte era su sentido de pertenencia a su nueva tierra.
Esta influencia puede rastrearse, en distintas ciudades de la Argentina. Allí donde la inmigración italiana fue preponderante, el tango tuvo un desarrollo inicial casi simultáneo con el de las orillas del Río de la Plata. Sólo para ejemplificar citaré la ciudad de Rosario que fue uno de los asentamientos fuertes de la inmigración peninsular. En una nota del diario La Capital del 22 de junio de 1903, se menciona como el Tango más antiguo, el que compusiera a fines del siglo XIX el músico italiano José Baracco con el popularizado título de Agarrate Catalina. Otro maestro italiano, el profesor Pascual Romano, recibido en el Conservatorio de Nápoles y llegado a la Argentina en 1887 para dirigir óperas cómicas en el Politeama Argentino y radicado de inmediato en Rosario, compuso también un Tango primitivo con todas las de la ley: ¡Qué flechazo!
Similares coincidencias se dieron en Córdoba donde los maestros de música italianos Rafael Fraccasi y Alfredo Seghini fueron autores de Tangos inaugurales en los primeros años del 1900 y directores de los más renombrados conjuntos tangueros cordobeses de las primeras décadas del siglo XX. Cabría agregar que esta influencia se prolongó en el tiempo a través de los hijos de la inmigración peninsular.
Ahora bien; a pesar de todo lo dicho cabe aún hacer una pregunta: ¿el tango, es un arte nacional argentino? El ensayista José Perez Amuchástegui afirma que, "si nos preguntáramos en qué consiste lo argentino, nuestra primera respuesta, quizás, se dirigiese hacia lo autóctono en tanto que está enraizado con la tierra y contiene, de suyo, elementos telúricos irreversibles e irrenunciables". Pero agrega que, "seguramente, enseguida rectificaríamos esta primera aseveración, al advertir que lo argentino se halla mucho más representado en lo criollo, vale decir, en la íntima fusión de lo europeo y lo autóctono, fusión que, al asentarse en la tierra, produjo una simbiosis peculiar que constituye la raíz auténtica del ser nacional argentino".
Pero esta definición alberga el riesgo de parecer cernida con el cedazo de un tradicionalismo no permeable a los nuevos legados de las corrientes migratorias y, mucho menos, a las intromisiones que propician los localismos con sabor típico de la gran ciudad. Es el enfoque que, desde antiguo, cuestiona la demanda de argentinidad para el tango, resistido en los círculos más cerrados del tradicionalismo argentino, como lo fuera en su tiempo por las voces de Carlos Ibarguren y Leopoldo Lugones, entre otros.
Pero este celo restrictivo simula ignorar que eso que llamamos tradición nacional no es sino la apropiación cultural de valores, estilos y costumbres de otros pueblos que la conquista y las distintas migraciones trajeron consigo a lo largo de los tiempos y que en tierra argentina tomaron formas y expresiones propias, a punto tal de crear las autóctonas.
Ciertamente la proclamada autenticidad del criollismo tiene raíces indígenas y europeas y, a través de Europa, de otras remotas culturas milenarias. ¿Cuántos elementos culturales que en la Argentina presentamos a los turistas apresurados como típicos, son rasgos transmitidos por los canarios, los vascos, los gallegos, los italianos, los portugueses, los brasileños y demás pobladores de estas latitudes aluvionales? Abrevio la respuesta: el caballo vino de España, el fútbol de Inglaterra, la polenta de Italia (aunque el maíz sea americano), el bandoneón de Alemania y el lunfardo, esa jerga marginal que matiza el habla rioplatense con giros ajenos al idioma oficial, es el transporte de vocablos de distintas regiones del mundo que la inmigración depositó en la Babel de los conventillos y que el tango y el sainete se encargaron de difundir.
En igual sentido el antropólogo francés Maurice Lois ("Le folklore et le danse" editado en París en 1963) sostiene que ningún país puede vanagloriarse de poseer una danza que le sea propia, es decir que no existe una danza específicamente nacional. "En efecto, dice, todas las danzas, sean las que fueren, se encuentran en puntos diferentes, muchas veces bajo formas transformadas y particulares, pero cuyo parentesco es innegable".
Frente a todo esto, quizás nos preguntemos entonces: ¿dónde esta lo nacional, lo auténtico de cada pueblo? Precisamente en lo que cada uno ha sido capaz de elaborar con esos préstamos y sustracciones de otras culturas; es decir, una cultura propia que, en este caso, cobija bajo una misma pasión a todo el Río de la Plata.
Por todo ello parece lícito demandar carta de nacionalidad para el tango, que se gestó allí, nació allí, se desarrolló allí y desde allí salió a la conquista del mundo en una epopeya inigualada por ninguna de las otras artes que se consideran vernáculas. En ese sentido, los argentinos tienen el mismo derecho que cualquier otro país respecto de sus danzas, a reclamar el carácter nacional del tango que es, sobre todo, un arquetipo cultural propio.

* El italiano en la letra de los Tangos

El tratamiento que recibió el italiano como personaje en las letras de tango, fue dispar. A veces aparece de modo pintoresco, otras, se lo ve doliente, trágico, efusivo, nostálgico... pero siempre como un prototipo fiel del fenómeno inmigratorio.
En primer lugar podemos encontrar un grupo de temas de tono elegíaco y dramático, caracterizados por la nostalgia, el desarraigo y la desilusión del emigrado con su nueva tierra. Bajo este rubro pueden cobijarse obras como La violeta con letra de Nicolás Olivari, La canción del inmigrante de Cadícamo y La cabeza del italiano de Francisco Bastardi.
La violeta es un aguafuerte donde el dolor por el desarraigo y la añoranza del lejano paese se plasma de modo intenso. Es una temática seguida por muchas otras composiciones (Canzoneta por ejemplo) y no pocos poemas que atisban la soledad del gringo en la mesa sucia de algún almacén.
La canción del inmigrante es de original enfoque ya que expresa un conflicto no muy recurrido en el tango: las dos pasiones que sacuden el alma del inmigrante: el amor de una mujer que lo ata a esta tierra y el recuerdo de la suya natal, lejana, que le tira al regreso, mientras el tango ve su destino amarrado a la niebla del bodegón.
La cabeza del italiano, si bien es un grotesco, desnuda, más allá de la farsa risible, el destino suicida de muchos inmigrantes, que murieron lejos de sus lares acuciados por el mismo drama de su inmigración
Otro grupo se emparenta con Giuseppe el zapatero de Guillermo del Ciancio, donde se refleja claramente el denodado esfuerzo del inmigrante, su desvelo, para forjarle un porvenir a sus hijos que muchas veces negaron tal ascendencia. Es del mismo estilo que el Niño Bien pretencioso y engrupido De Soliño y Fontaina. Es decir hijos de inmigrantes, transformados en trepadores de la pirámide social que esconden sus orígenes y ocultan la existencia del tano laburante que trabajó a destajo para abrirles un porvenir.
Un tratamiento muy singular aparece en Ya no cantas chingolo con letra de Edmundo Bianchi. Es el único tango que conozco donde se le reprocha al gringo inmigrante por la pérdida de ciertos símbolos y valores de su tradición. La obra musical es de Antonio Scatasso -paradójicamente un inmigrante italiano- y alguna vez llevó el título de Chingolito. Esta ave, ya para 1928, fecha de aparición del tango, estaba prácticamente desaparecida del entorno urbano y simboliza para Bianchi una de las tradiciones criollas aventadas por el progreso y la inmigración.
Entre muchos otros tangos hay algunos que se destacan por su buena factura literaria y las indisimulables influencias de Carriego y de Blomberg. Por ejemplo Viejo Ciego de Pianza y Manzi, y Aquella cantina de la ribera de José González Castillo y su hijo Cátulo.
En Viejo ciego precisamente se hace mención a la canzonetta (los curdas jubilados sin falso sentimiento con una canzonetta te harán el funeral) . En Aquella cantina de la ribera, aparece nítidamente el Blomberg de sus mejores versos, de su libro "A la deriva" en el que evoca su vida de viajero por los mares del mundo y fluye la nostalgia del inmigrante.
Otro tango en que aparece el italiano inmigrante, es Tinta Roja de Sebastián Piana y Cátulo Castillo, donde el tano llora su rubio amor lejano en las copas del bom vin.
Y muchísimo más en cuyas letras abundan referencias auténticas de ese prototipo inmigratorio llegado a las costas argentinas con su bagayo de sueños, nostalgias y esperanzas, y para quienes el Tango fue un puente tendido entre la pampa y el mar.
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