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Tapa 115
Manzi, el de Malena
Por Osvaldo Juarez


Intentar una semblanza de Homero Manzi (Homero Nicolás Manzione Prestera) en pocas líneas puede ser irreverente y ambicioso. Hijo de Luis Manzione, argentino, y de Angela Prestera, uruguaya, nació en Añatuya (provincia de Santiago del Estero), donde se formó hasta los 9 años para luego bajar a Buenos Airesl. Nacido el 1 de noviembre de 1907, es bueno recordar que el 27 de abril de l934 registró su famoso seudónimo.

Los que viven con el apuro de dar se van pronto, y nos dejan mucho. Vivió sólo 44 años.

Mucho más difícil es fusionar el radicalismo con el peronismo por los que transitó. ¿Y por qué no? ¿Acaso no nacieron de nosotros Boca y River? Admirador de Yrigoyen, fue expulsado en 1947 por los boina blanca por su vinculación con el movimiento justicialista. Uno de sus últimos días, su amigo Hugo del Carril tuvo que cantar en la residencia de Olivos y le consultó ¿qué canto, gordo? Manzi pidió papel y lápiz, y una hora después le entregó dos milongas de catorce pies cada una -Milonga a Perón y Milonga a Evita- para que las interpretara. A Perón le corrieron las lágrimas: sabía que su autor se estaba muriendo.

Más utópico, además de atrevido, sería analizar su poesía. Podemos pensar que toda poesía fundamental es filosófica; a veces contiene una suerte de ensayo en cada verso. Podemos garabatear que ella está aún en lo que no se dice, que es una memoria que vuelve del pasado y va hacia el futuro. Bla, bla, bla. El poeta manifestó que en un momento decidió dejar de ser un hombre de letras para escribir letras para los hombres.

Sus poemas debemos sentirlos hondo, muy hondo. Tal vez enmarcando nuestra propia melena de novia en el recuerdo en una foto sepia o el muchacho que lo descubre recostándose en la vidriera y esperándola; se supone a ella. El paredón y después de su Sur incomparable, con música de Troilo, se hace cada vez más difícil de superar.

El no tuvo necesidad de administrar el talento en pequeñas dosis. Se dio entero. Además de creador de piezas memorables para el género como Malena, Che bandoneón o El último organito, fue guionista de cine con "Escuela de campeones", "El último payador" y "Pobre mi madre querida". Realizó los guiones de "La guerra gaucha", donde trabajaron Enrique Muiño y Angel Magaña, "Todo un hombre", con Francisco Petrone, "Donde mueren las palabras" y "Rosa de América".

Fundó revistas. Renovó junto a Sebastián Piana la milonga cantada, entre las que figuran Milonga sentimental y Milonga del 900 que grabó Carlos Gardel.

Le quedó tiempo para ejercer la presidencia de SADAIC, tener un hijo, Acho, que hace lo propio con la música ciudadana y cuida con ternura su nombre. Volcó hasta la última arruga del cerebro con la generosidad de quien sabe que hay mucho más en la moviola. Dejó de yapa poemas inéditos, proyectó libros para películas que no alcanzó a realizar con temáticas dispares: Rubén Darío, Jorge Newbery, Antártida. Su obra marca guarismos sobresalientes y enciende las luces de la ciudad donde inmortalizó la esquina de San Juan y Boedo.

Homero Nicolás Manzione vino de Santiago del Estero, de esa Añatuya callada y desvalida, que él llamó Aña-mía, y se metió con su espíritu poblado de versos en un barrio de Boedo mistongo, que se derramaba en cafetines, lustrabotas y mendigos hacia una calle Chiclana amenazada por la inundación. Allí atorranteó atardeceres con Cátulo Castillo, Julián Centeya y el "loco Papa" y allí enfrentó el dilema con que lo desafiaba el país semicolonial: buscar como tantos la gloria oficial, el buen pasar, la fama que difunden los medios de comunicación en poder de la clase dominante o jugarse entero por su verdad, a la intemperie, corriendo el riesgo del silenciamiento, de la discriminación, en fin, recibir la maldición del sistema.

Homero Nicolás Manzione no dudó. Se jugó en la resistencia irigoyenista contra la dictadura del Gral. Uriburu y contra el gobierno usurpador del Gral. Justo. Conspiró, fabricó bombas caseras, conoció cárceles. Su casa de la calle Garay y Danel se convirtió en centro clandestino de lucha popular y desde allí desarrolló, con Arturo Jaureche, Luis Dellepiane y tantos otros, no sólo la pelea contra el conservadurismo vacuno sino también contra la claudicación de la dirección alvearista del partido Radical.

En 1935 participó de la fundación de FORJA, bajo el lema "Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre". Junto a sus amigos denunció el Estatuto Legal del Coloniaje. Su voz se levantó en la tribuna esquinera, erguido sobre cajoncitos de cerveza, apostrofando las entregas y latrocinios de la Década Infame. Nos dicen -sostuvo Manzione-, que hay una cosa intocable entre los distintos eslabones de la economía: el gran capital, especialmente cuando se trata de accionistas extranjeros, y por eso es necesario crear la mentalidad opuesta, la mentalidad nacional, que frente a ese argumento diga sencillamente "¡qué se vayan a la puta que los parió esos accionistas!".

Una y otra vez, desde FORJA, denunció el sometimiento del gobierno al imperialismo británico, la complicidad de Alvear con los hombres del régimen, la expoliación que sufría el país, especialmente las provincias como la suya, porque -decía Homero - "Santiago del Estero no es una provincia pobre, sino una provincia empobrecida". Una y otra vez reclamó mejores salarios, respeto a los derechos populares, en fin, como decía FORJA, las cuatro P: Patria, Pan y Poder al Pueblo.

El sistema lo silenció, lo condenó como a Jauretche y Scalabrini Ortìz al sótano de la calle Lavalle al 1700 donde tenía su sede FORJA. Expulsado de la Facultad de Derecho, exonerado como Profesor de Literatura, silenciado como poeta, discriminado en el radicalismo por rebelde y antimperialista, Homero Manzione fue convertido en "maldito", pero el poeta que había dentro de él le jugó una mala pasada al sistema. Si por sus ideas le cerraban el camino a ser hombre de letras, él se dedicó a hacer letras para los hombres, y se transformó de Homero Nicolás Manzione en Homero Manzi.

"Homero se nos fue al mundo de la noche" -señaló Jauretche y allí no pudieron con él. Sus versos recrearon los barrios de tango con el farol balanceando en la barrera y el codillo llenando el almacén, se nutrieron de los compadres del Café Dante las muchachitas de Alsina, acunaron a la negra María, consolaron a la mulata abandonada, convocaron al papá Baltazar de los chicos pobres y a Malena con su "voz de sombra" en el paisaje indeleble de un "Sur, paredón y después", con las "chatas entrando al corralón", chapaleando barro bajo el cielo de Pompeya, herido de lonjas rojas, con sus gorriones y fabriqueras, con el eco de un bandoneón, "mariposa de alas negras", brotando del último organito de una ciudad entristecida.

Así, el Manzi poeta violó la censura oligárquica por el camino abierto del cancionero popular. El otro, el Homero Manzione político, condenado al olvido, no mencionado en ninguna historia política, permaneció "maldito", pero siempre en alto su bandera popular. Ese Homero Manzione declaró en 1947: "Perón es el reconductor de la obra inconclusa de Yrigoyen. Mientras siga siendo así, nosotros continuaremos creyéndole, seremos solidarios con la causa de su revolución que es esencialmente nuestra propia causa. Nosotros no somos ni oficialistas ni opositores: somos revolucionarios".

Cuatro años después, un triste 3 de Mayo de 1951, la muerte le pungueó el corazón y él se despidió "lleno de luces y colores que integran mi cortejo final de despedida".

Había sido un "maldito". Sin embargo, aún hoy, cuando en la radio de un tallercito del suburbio o en la disquería de Corrientes, florecen otra vez sus versos, "con un perfume de yuyos y de alfalfa que nos llena de nuevo el corazón", parece como si Homero, indoblegable, se pasease todavía entre nosotros con su cara redonda y sus ojos limpísimos de niño, esos por donde "su frente triste de pensar la vida, tiraba madrugadas", según dijera Cátulo Castillo, para mantener viva la canción y encendernos de nuevo la esperanza.

El 3 de mayo de 1951 moría en Buenos Aires Homero Manzi.
©Deboedovengo

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