TANGO Reporter - Nota de Tapa - Diciembre 2009, Nro 163
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Tapa 163TANGO Reporter
El Porteño
El habitante de la ciudad de Buenos Aires
Por Angel Pizzorno

Soy hijo de Buenos Aires, / por apodo ‘El Porteñito', / el criollo más compadrito / que en esta tierra nació". Ángel Villoldo (El Porteñito)

Chantas y en el fondo solidarios,/ más al fondo muy otarios/ y muy piolas más acá", es como define Eladia Blázquez al habitante de Buenos Aires. Ese perfil desprolijo pero también indulgente, cargando las tintas en uno u otro adjetivo, es más o menos la imagen que el provinciano suele tener del porteño. Y por extensión, es así como ven en el mundo al argentino de hoy.

Hablar de características netamente porteñas en el presente, puede ser tan difícil como lo fue en 1880 o 1945; fechas que fueron verdaderas bisagras históricas. Períodos de transición que han ido moldeando este difuso Ser Nacional que hoy tiene el argentino, luego de sucesivas transculturaciones.

El "alma tanguera" fue quedando atrás. A los antiguos códigos apenas se los reconoce en algún suburbio y son paulatinamente menos y más desdibujados. Hoy no se sabe bien que es un porteño. Esa es la búsqueda.

Desde aquellos sufridos peninsulares que desembarcaron con Don Pedro de Mendoza hasta estas multitudes que frecuentan shoppings o se apretujan en las Villas Miseria, generaciones de porteños genuinos o por adopción le dieron su aliento y espíritu a la ciudad. El estigma nos les viene por mandato real, ya que Santa María de Buenos Aires fue el nombre del puerto que luego se impuso definitivamente al de la Ciudad de la Santísima Trinidad. Aunque como decía Jorge Luis Borges, parece cuento que haya nacido; porque es tan eterna como el agua y el aire.

En esa parábola histórica que describe la ciudad (con sus hijos adentro), desde la Fundación hasta nuestros días, pasaron muchas cosas lo suficientemente importantes, como para que se entienda aunque no se justifique, la fanfarronería. Defecto que según observadores extranjeros y también los mismos porteños -diario Clarín, Enero 31, 1988- caracteriza al hombre de Buenos Aires, entre otros rasgos negativos y positivos.

Partiendo de las palizas propinadas a los ingleses en 1806 y 1807, siguiendo con el derrocamiento del Virrey Cisneros en 1810 y la exportación de la Revolución que alcanzaría carácter de guerra continental, hasta la transformación de la ciudad en la Reina del Plata a partir de 1880, son algunos de los motivos que el porteño tiene para sentirse orgulloso de su condición. Además de ser Buenos Aires la eterna introductora en estas tierras de cuanta novedad anda en el mundo, fortaleciendo así en muchos desprevenidos la ilusión que esto no es Hispanoamérica sino un enclave de la Europa sajona.

Tampoco hay que olvidar que fueron porteños los ejércitos que avasallaron las autonomías provinciales a lo largo del siglo XIX, y que por el puerto de Buenos Aires entraban incesantemente las importaciones que le permitían a "La Reina del Plata" vivir como tal, mientras se ahogaban las economías regionales, como todavía sigue pasando.

También se decía que Buenos Aires "irradiaba cultura", cuando en realidad lo que hacía era imponer a las provincias su propia cultura dominadora, en muchos casos en forma violenta y persiguiendo ante todo objetivos políticos y beneficios económicos. Esta conflictiva relación explicaría en parte esa mezcla de rechazo y admiración ancestral que las provincias le profesan a la ciudad Capital y a su gente.

Pero hubo épocas en que el carácter porteño fue mucho más marcado que en la actualidad. Eran los tiempos de cafés de hombres solos. De amistades estrictamente masculinas. Del culto a la dureza. De expediciones sexuales en patota, a los prostíbulos suburbanos. "Un hombre que piensa más de cinco minutos en una mujer, no es un hombre, es un manfloro", decía Borges que decía su abuelo. Y este menosprecio de la ternura, el miedo a abrir sentimientos, quedó reflejado en muchos tangos: "Fuerza, canejo, sufra y no llore.../ ¡Que un hombre macho no debe llorar!", aconseja la letra de Tomo y obligo.

Este hombre retraído, hijo de la inmigración de afuera y adentro; prejuicioso e irónico muchas veces, es el arquetipo del porteño de la primera mitad del siglo XX. Con una "personalidad básica depresiva comparada con la del neoyorquino que es de acción o la del carioca, más alegre y hedonista", según el análisis de Alfredo Moffat. Son tiempos de mujeres encerradas, de hombres que están solos y esperan... reflexionaba Raúl Scalabrini Ortiz.

Por lo tanto no es casual que el tango, con sus acordes solemnes e intimistas y sus letras en muchos casos de contenido existencial, se convirtiera en la estética que mejor lo representa. Si el "alma porteña" tuviera música, sonaría a tango.

En los años de las décadas de 1950 y 1960 se acelera la inserción de la mujer en los espacios sociales, como consecuencia de las profundas transformaciones que el peronismo opera en las superestructuras cultural y política y en la infraestructura económica, acompañando los vientos de cambio que soplaban en el mundo. El correlato cultural de estas modificaciones se aprecia en pocos años; cuando las mujeres invaden el mundo del trabajo (antes acotado a la fábrica o a alguna oficina) y las universidades. Cambia la relación entre los sexos. Encarar una mujer va perdiendo el sentido de "conquista" para convertirse en un acuerdo mutuamente buscado.

El rock and roll aleja a los más jóvenes del tango y el blue jean uniforma vestimentas, obligando a los mucha chos a dejar el adusto traje para las grandes ocasiones o para ir el sábado a la noche "al centro". Hijo de la saga iniciada por Bill Halley y Elvis Presley en 1955, y continuada por los Beatles en los 60, cruzado por la ineludible cultura tanguera, surge el llamado "Rock nacional". El joven porteño a partir de este hecho cultural comienza a recuperar parte de su identidad; asume el castellano como idioma propio, las letras aluden a temáticas urbanas y al contexto social y político de la época. Yo vivo en una Ciudad de Pedro y Pablo o Avellaneda Blues de Manal, son ejemplos claros.

La cultura joven, que se inicia con la revolución Beatle y se prologará con el Mayo Francés, llega a estas tierras. Pero la "primavera" finaliza abruptamente en 1966 cuando la dictadura del General Onganía pretende imponer una cultural monjeril. Se persigue a melenudos y minifalderas, se allanan hoteles alojamiento, se intervienen las universidades, se prohibe hablar y pensar. Se secuestran libros, discos y películas, considerados obscenos o subversivos. Onganía se fue con más pena que gloria sin poder "moralizar" a la juventud.

El aflojamiento permite un reverdecer de las libertades. Es el auge del "hippismo", de los grandes recitales del rock nacional con la madurez poética y musical del género y solistas y grupos como Almendra, el citado Manal, Sui Generis o Vox Dei, entre muchos otros. El joven porteño se reconoce en esa cultura y pisa fuerte diferenciándose claramente de los modelos anteriores.

En los años que siguieron, la gente de Buenos Aires igual que el resto de los argentinos, se vio envuelta en la espiral de violencia política que culminaría con la dictadura de 1976. Entonces la calle se vuelve peligrosa. El porteño se encierra en su casa para compartir con amigos alguna celebración familiar. Sólo el fútbol permite esa liturgia colectiva de juntar multitudes y entre todos, aunque sea por un par de horas, exorcisar el miedo. El Mundial de Fútbol de 1978 permite al hombre de Buenos Aires ganar la calle nuevamente, aunque el festejo es efímero.

La guerra de Malvinas rompe todos los diques y ya nada vuelve a ser igual. El desastre bélico arrastra también a la dictadura y una vez recuperada la democracia, el porteño parece empezar a despertar de la pesadilla. Cuesta entender lo sucedido. A pesar de todo, hay esperanzas de recuperar algo de los viejos sueños y establecer nuevos proyectos. La política todavía entusiasma a muchos jóvenes, pero otros tantos, optaron por el proyecto individual.

Las crisis militares y el descalabro económico con que finalizan los años de la década de 1980, tienden un nuevo manto de miedo y desesperanza. Comienza a verse largas colas en las embajadas para gestionar la visa y circulan chistes de raigambre discepoleana, tales como: "el último que apague la luz" y "la única salida es Ezeiza". Al porteño de mediana edad le calzan perfecto aquellos versos de Enrique Santos Discépolo: "Me he vuelto pa'mirar, / y el pasao me ha hecho reír... / ¡Las cosas que he soñao! / ¡Me cache en dié, qué gil!".

Y también, siempre en Tres esperanzas, tango de 1933: "Son ganas de olvidar / ¡terror al porvenir!".

En la década de 1990 va viendo azorado que en paralelo al derrumbe de sus ilusiones, crecen nuevos rascacielos en Catalinas Norte, los viejos diques se transforman en el exclusivo Puerto Madero, los shoppings terminan de acorralar a los negocios de barrio y las universidades se pueblan de nuevas carreras e inquietudes. Las videograbadoras y las rejas para defenderse de los robos, lo van encerrando en su casa. Los cines se convierten en iglesias evangélicas y en las oficinas las computadoras revolucionan los roles tradicionales estableciendo nuevas mediaciones entre la gente.

Los más jóvenes van creciendo con los cambios y se adaptan. A los mayores les cuesta entender y mucho más adaptarse. Les es difícil reconocer aquel legendario Jardín Zoológico en eso que es hoy; a los trenes del Roca o el Sarmiento pintados como persianas de ferretería, o chocar a cada paso con ese infamante cartelito que advierte: "El baño es para uso exclusivo de los clientes". ¡A Buenos Aires la han privatizado! Al porteño le achicaron los espacios de "su" ciudad. Percibe en cada esquina, una mano invisible que le cierra el paso. Lo público se ha diluido. Y hoy, cuando intenta ese vagabundeo taciturno y reflexivo, se siente como el gaucho cuando la Organización Nacional le llenó la pampa de alambrados. Pero a pesar del vendaval de cambios, hay cosas que en el porteño permanecen inmunes a contramano de la globalización y capeando las tormentas económicas. En un inventario precario, esas cosas pueden ser:

1) El culto a la amistad; que transversalmente cruza generaciones y clases sociales con el mismo fervor.

2) El habla porteña; mechada de lunfardismos ancestrales y neologismos que han sido incorporados, sobre todo, por la influencia de los medios de comunicación.

3) Cierta nostalgia tanguera; que se percibe en el "corpus" de muchas letras urbanas independientemente del género musical.

4) También en la vuelta de muchos jóvenes al tango, aunque lo acepten como danza sin reparar mucho en las letras.

Pero quizás el mayor estigma porteño aparece en la lejanía; cuando un acorde tanguero o la voz de Gardel conmueve hasta el hueso a quien anda por tierras lejanas. La pasión por el fútbol y la permanencia del mate "deschava" también nuestra condición de argentinos, más que porteños. Argentinos: una dura condición no siempre llevada con dignidad.

Pero a pesar de esta Era Oscura signada por la confusión y el trastrocamiento de valores que parece haber inaugurado el siglo XXI, la memoria colectiva de tanto en tanto, le recuerda al porteño que Patria, como La Vieja –figura de La Madre santificada por el tango–, hay una sola.

©Dep La Ciudad del Tango, Bs. Aires. 2001/06

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