TANGO Reporter - Nota de Tapa - Febrero 2010, Nro 1654
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Tapa 166TANGO Reporter
Los venenos del tango
Por Roberto Tassara

Al escribir Tiempos Viejos, en 1926, Manuel Romero difícilmente sospechara que, por encima de tan patético tributo al pasado, con dos de sus versos: "Eran otros hombres, más hombres los nuestros / No se conocía cocó ni morfina", estaba cifrando el epitafio de una sociedad en la que los varones se drogaban exclusivamente con tabaco y alcohol. En ese tango, el recuerdo de la Gran Aldea recela del Centenario modernista, por cuya mano enguantada llegaron a la Argentina aquellas drogas sintéticas, entre otras vanidades de ultramar. Sustancias que ablandaron a los criollos, víctimas de los venenosos refinamientos europeos que los "otros hombres", "los nuestros", no habían probado. Sólo tabaco y alcohol, cuyo mérito de afianzar las cualidades viriles el tango ha celebrado copiosamente. Con algunas excepciones, el connubio de tango, alcohol y tabaco se ha mantenido inalterable desde entonces, mientras que el consumo de drogas ilícitas en sus letras suele estar asociado sólo al fracaso amoroso y al desamparo social.

No casualmente la primera ley que penaliza el consumo de drogas en Argentina es de 1926. Entonces las ilícitas pasaron a ser cocaína y morfina, de cuyos paraísos artificiales el tango dio testimonios desde 1916 -con Maldito tango de Luis Roldán- hasta 1934 con Corrientes y Esmeralda de Celedonio Flores. (1) En el primero de esos poemas cantados, la empleadita seducida y abandonada por un joven milonguero confiesa que "fui entonces a la cocaína / mi consuelo a buscar". En el segundo, que cierra el primer período de inspiración dionisíaca del género, "curdelas de grapa y locas de pris" (cocaína) son emblemas de la famosa esquina porteña.

En los 18 años que median entre aquellos dos títulos, apenas un puñado de tangos abordan ef tema. Entre ellos, en El taita del arrabal (B. Herrera y Romero), de 1922, se dice que el guapo seductor, ya decadente, "bien dopado de morfina, / atorraba en una esquina". Belleza trágica la de Griseta (G. Castillo), trasplantada de París al arrabal porteño, donde en "una noche de champán y de cocó, / al arrullo funeral de un bandoneón, / pobrecita, se durmió". Lujosa amalgama de cocaína y prostíbulo es la de A media luz (Lenzi): "Hay de todo en la casita: / almohadones y divanes; / como en botica, cocó".

En Noches de Colón (Cayol), el desengaño amoroso hace del cultivado bacán un adicto: "Los paraísos del alcaloide / para olvidarla yo paladeé". Paradigma de milonguerita subida del fango al cabaret, la joven de Che, papusa, oí (Cadícamo), "por raro esnobismo" toma "prissé".

Un matiz relevante del uso de drogas ilegales según el registro tanguero, observado desde la pirámide social, es el que aporta Aníbal D'Auría (2) sobre letras como ésta: "El hijo de un farabute, / el changarín de la esquina, / dopado con cocaína, / pero si es para no creer" (Micifuz, de Enrique Maroni). Lo insólito del drama es que el pobre muchacho consume una droga mucho más cara que las lícitas. La cocó lo forzó a subir un escalón de la infinita pirámide, de donde un día lo bajará abruptamente, como a cualquier señorón de la noche.

Se nos señala también que en otros tangos, la referencia al consumo de las sustancias ilegales es metafóricamente peyorativa. Es el caso de Recordándote (José de Grandis): "Indignado por el opio / que me diste tan fulero". "Opio" aquí es "olivo", "raje", el que se tomó la mujer al dejar el bulín. Otro ejemplo sería Acquaforte (Marambio Catán), con "pobres milongas dopadas de besos": el amor mercenario acaba siendo tan dañino como la droga ilegal.

La "maldita" musa silenciada

Promediando la década de 1930, los vene nos prohibidos emigraron de la poesía tanguera hasta su fugaz regreso a comienzos de la década de 1960. Desentrañar los motivos de ese largo paréntesis exige un breve enfoque del contexto sociopolítico desde la declinación del radicalismo yrigoyenista, pasando por la Década Infame hasta el golpe de Estado de 1955.

La penalización del consumo de drogas en laArgentina empezó en el gobierno de los radicales "galeritas" de Marcelo de Alvear (1922-1928). Pese a que la tilinguería culturosa suele rescatar la promoción de las artes y el amparo a las madres solteras como emblemas del presunto humanismo alvearista, lo cierto es que su gestión fue un preludio de la Década Infame. En julio de 1924 promulgó la Ley 11.309, reprimiendo con prisión "de seis meses a dos años" al farmacéutico que "venda o entregue o suministre alcaloides o narcóticos sin receta médica"; en julio de 1926 promulgó la ley 11.331, poniendo el primer mojón de la incriminación de la tenencia para consumo: aquella pena comprendía ahora también a quienes "tengan en su poder las drogas a que se refiere esta ley y que no justifiquen la razón legítima de su posesión".

Con las víctimas de la noche, o sea del tango, de la cocó y de la morfina, el régimen optó por el rigor. El tango ya había triunfado en París, ¿qué necesidad había pues de hacer demagogia con los sobrevivientes de un pasado de oscuros bailongos, donde las drogas modernas enviciaron a criollos indolentes?

Tras el golpe de 1930, aquella lógica siniestra hizo escuela entre los campeones del "fraude patriótico", que en sus postrimerías (abril de 1943) empezó a desterrar al lunfardo de la radio. En la presidencia de Ramón Castillo, su ministro de Educación Gustavo M. Zuviría aplicó el canon civilizador a la "barbarie" embozada en letras como De barro (Manzi), censurada por decir "pucho" y no cigarrillo. Tal vez será mi alcohol (Manzi), para salir al aire debió ser Tal vez será su voz. También fueron censurados Percal, Mano a Mano, Mala junta y Mi dolor, entre otros.

El radial destierro del lunfardo terminó en 1949. Entonces Manzi encabezó un grupo de poetas y músicos para una entrevista con Perón, en la que pidieron libertad de difusión para el habla popular. La respuesta de Perón fue en forma de pregunta, dirigida al también presente Alberto Vaccarezza: "¿Es cierto, maestro, que lo afanaron en el bondi?" (6).

Los años felices

El borrón de las drogas ilícitas de las letras de tango marcha a la par de la censura del lunfardo en el único medio masivo de la época. Después, otra arista imposible de soslayar: el paulatino progreso desde la miseria del país-estancia a la prosperidad con equilibrio social construida entre 1946 y 1955; o sea, la razón de que Discepolín pasara de la poesía amarga que lo había hecho famoso al micrófono, para explicarle a Mordisquito las bondades del peronismo.

La década de 1940 entró en la historia del tango como la "de oro" por la plenitud lírica de una poesía ya despojada tanto de las calamidades sociales de antaño, como de la pintura de ambientes y personajes originariamente sórdidos. Fue la hora de -entre otros- Hornero Manzi, José María Contursi y Cátulo Castillo; la de orquestas legendarias y clubes atiborrados de fervientes milongueros. Entonces el tango ya era popular, dejando atrás la huella marginal de su origen.

Lado oscuro de la ley

El prolongado exilio (25 años) de las letras venenosas del territorio tanguero, está comprendido por la penalización del consumo de las antaño pintorescas cocó y morfina. El mentado caso de Los dopados (finalmente, Los mareados) evidencia la presión judicial y clerical ejercida entonces (de la década de 1940 a la de 1950) sobre la difusión masiva de referencias a drogas ilícitas.

La dictadura que derrocó a Perón ratificó la ilegalidad del consumo con el mismo rigor dedicado a que la gente se olvidara del "tirano prófugo". En ambos casos, el resultado fue negativo. En 1962, un tango pateó el tablero hablando de los venenos prohibidos, pero ahora sin bacanes ni milonguitas, cuya esclavitud hubiera que lamentar. Bronca (Batistella), en versión de Edmundo Rivero, denunciaba: "Se trafica con la droga, la vivienda, el contrabando". Su versión radial fue censurada por el presidente de facto José María Guido. Pero a partir de la década de 1960, otros géneros musicales (rock, blues, pop) eran los que solían incursionar en el tema tabú, casi siempre en clave. Las ilícitas de turno -aparte de cocó y morfina- ahora eran la marihuana y el ácido lisérgico. El tango, pese a su renovación musical, seguía fiel a la exclusiva celebración de los venenos lícitos (tabaco, alcohol).

Paradójicamente, fue en la dictadura de Juan Carlos Onganía que la ley (17.567/'68) cambió, penalizando sólo la tenencia de cantidad superior a la de consumo personal. Entre juristas liberales y curialescos asesores, convencieron al general golpista de que los adictos eran "enfermos" y por tanto dignos de compasión antes que de cárcel. En la década de 1970, aquella ley fue reemplazada por la 20.741, que también penalizó el consumo.

En la de 1990, por mandato de George Bush padre, el Congreso argentino aprobó la 23.737, de igual tenor: hija de las "relaciones carnales" con el Norte, que sigue vigente pese a que ya muy pocos argentinos creen en la fantasía de que todos seremos rubios de ojos celestes.

Regreso de los venenos

Del sueño a la pesadilla hubo algo más de una década (tan infame como la de 1930). El nuevo siglo encontró a los argentinos en el infierno. Pese a la ley de Bush, la drogadependencia había aumentado sin pausa. Desde ese reciclado infierno de la Argentina pre-peronista, Discepolín tuvo que interrumpir el diálogo con Mordisquito y volver a escribir tangos como Yira, vira.

Hasta comienzos de la década de 1990, la poesía tanguera parecía definitivamente divorciada del tema tabú. Pero la exclusión social impactó fértilmente en la nueva camada de poetas: Un chabón jailaife (Juan Vattuone) reintroduce a la cocaína, contando que el hombre "Se daba un saque, y encaraba la partida". El personaje de Sopapa (Acho Estol) sentencia: "Te juro sobre un porrito..." Del mismo autor, Juguete rabioso actualiza el drama social y personal de las adicciones, en clave mediática: "Soy un yonqui de la tele sin volumen a la noche". En la jerga inglesa, "yonqui" es el adicto terminal a la heroína.

La televisión, heroína de multitudes, comparte su reinado con los sicofármacos: el personaje de Ciudad de pobres (Alejandro Szwarcman) acaba "durmiéndose en el frasco de calmantes". El Narigón (Daniel Melingo) ilustra la siniestra popularidad lograda por la cocó en los '90, con final previsible: "Por lo mucho que aspiraba / y se piantó nomás, intoxicado". Mientras, en La city porteña (María J. Demare), uno se deleita observando que "una jeringa pisada se lame el asfalto".

Al cabo de 80 años (1926-2006) de ilegalidad y censura, los nuevos poetas del tango revelan que el consumo de drogas ilícitas se ha extendido y diversificado. La tecnología hizo posible sustancias de difícil identificación, última camada de drogas sintéticas que cualquier pibe puede llevar en la mochila sin temor a ser descubierto (4).

Como la famosa letra de Romero en 1926, Mi generación (Iguanatango) también esgrime aires de despedida, recelosa y fatalista: "Ya no existe un mismo Dios / mientras el mundo va perdiendo su color / drogas sí, o drogas no / pastillas, coca, hachís y alcohol".

BibliografÍia: (1) "Letras de Tango -Selección (1.897-1.981)". Nuevo Siglo. Edición de José Gobello. (2) "Tango, marginalidad y drogas". www.drogas.bioética.org (3) "La censura en el tango", de Carlos H. Burgstaller. Tango Reporter. www.tangoreporter.com (4) "El lunfardo callejero", de Marcelo H. Oliveri. Ediciones del Cachafaz. ©La Porteña Tango, Nro 38, Bs. Aires 2007.

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